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martes, 2 de septiembre de 2025

CURSO: "EN BUSCA DEL UNICORNIO" (Sólo para locos) (Viernes, 19 de Septiembre, 2025)

 




¡Bienvenidos todos a la Temporada 13 del ciclo de talleres vivenciales de PSICOHEDONIA!  


Cada encuentro forma parte de un recorrido de integración profunda: cuerpo, emoción, mente, energía y conciencia.

Este no es solo un curso: Es una búsqueda colectiva que atravesará diversas capas de tu ser, para que puedas recordar tu centro más esencial y genuino.

Porque… hay en ti una criatura sagrada que no ha olvidado quién eres.
Una parte pura, libre, luminosa: Un Unicornio.
Este viaje es una invitación a encontrarlo ese Unicornio Psicohedónico...  

No en los cuentos... sino en tu cuerpo, en tu emoción, en tu alma.”  


                                

                                   "EN BUSCA DEL UNICORNIO (Sólo para locos)"

Una exploración poético-científica desde la Psicohedonia Transpersonal

Un Curso de tránsito, de travesía y visión.
Un viaje para mentes desobedientes, espíritus audaces y buscadores con alas.

- No venimos tanto a enseñar... sino a resonar. 

- No venimos a repetir... sino a encender.             

- No vamos a sentar sentencias sino a cuestionarnos posibilidades extraordinarias…             

 Porque vamos a pasear por las lindes de la física cuántica, la medicina vibracional, la metafísica simbólica, las neurociencias, la psicología transpersonal.. Pero no para “validar científicamente” lo espiritual, sino para permitir que se toquen. Que se reconozcan… 

    ¡Para que Ciencia y Espiritualidad bailen juntas!




                                                                                                                                                              

Público destinatario: “Sólo para locos”: personas que ya hayan recorrido senderos del crecimiento personal y quieran ir más allá del mapa. Curiosos de la conciencia, rebeldes de lo racional, amantes de lo simbólico, científicos del alma…                                                                



- Este Curso es un Intermezzo. Un espacio intermedio, pero no menor: un cruce de caminos donde la ciencia toca el misterio, donde la física roza lo metafísico, y donde el pensamiento se disuelve para dar paso a la visión. 

- Decimos que cada uno de nosotros lleva dentro un Unicornio: puro, libre, indómito.. pero para encontrarlo debemos atravesar la selva del cuerpo, la danza de lo olvidado... el grito de lo negado...

- Por ello, comenzaremos cada Taller con una BIODANZA TRIBAL: una DANZA COLECTIVA con CANTO y PERCUSIÓN CORPORAL.




- Acabaremos la Biodanza Tribal con el GRITO PRIMAL y el KIRTAN PSICOHEDÓNICO.



- Después, trataremos el TEMA ESPECÍFICO de cada Taller y lo iremos experimentando con DINÁMICAS VIVENCIALES... 

- Tendremos PERFORMANCES sorprendentes, ACTUACIONES MUSICALES, PROPUESTAS VIVENCIALES...

 ¡Y la ALEGRÍA DE VIVIR característica de la  PSICOHEDONIA!        



  
                                                                 

FICHA DEL TALLER Nº 1 DEL CURSO PSICOHEDÓNICO "EN BUSCA DEL UNICORNIO":
"LUZ, VIDA, AMOR"

Fecha: Viernes, 19 de SEPTIEMBRE, 2025  
Lugar: Sala Mozart (C/.Esglesia, 91. 1er. piso) CALELLA.
Horario: de 18:30 h. a 21:30 h.
Imparte:  Lauren Sangall  (Psicoterapeuta) 
Colabora: Psicohedonia Group
Precio: 39 €  
Materiales necesarios: una vela y ropa cómoda. 


 


lunes, 17 de febrero de 2014

(La Sabiduría de la Incertidumbre.”) (2ª. Parte) (“Abrir los ojos a la Vida.”)


              Ante la sensación de incertidumbre, nuestra reacción  impulsiva suele ser la de pretender escapar de la situación en un intento desesperado por recuperar algo de certeza y de control.

            Recapitulemos, antes que nada, la secuencia circular que detallábamos en la 1ª parte del post:  

Incertidumbre – Miedo – Escape compulsivo – Refugio transitorio – Incertidumbre…

… Así entramos, una y otra vez, en un círculo vicioso que nos mantiene dando vueltas por la existencia, en una rueda sin fin, hasta que, en algún momento, nos llegue el cansancio, el hartazgo de las esperanzas decepcionadas, el desánimo…  con el cual habremos de aprender a renunciar al escape. Pero no para hundirnos en una resignación derrotista, sino, por el contrario, para dejar de escapar, para mantenernos, de momento, “quietos”. Es decir: para refrenar nuestra compulsión de escape y pararnos a mirar con atención lo que está pasando.



Sólo cuando dejamos de escapar podemos entrar en el momento, en el ahora, en el aquí y el ahora, con toda la intensidad del dolor que pueda haber… ¡Es lo que hay! Entonces descubrimos que “este momento”, con todo su dolor –si lo hubiere- es lo que la vida es… en este momento. ¿Cómo vas a escaparte de él? ¿Cómo vas a escaparte de la propia vida…?


Permítanme que lo vuelva a repetir: “Este momento… es lo que la vida es… en este momento.”  ¿Entienden?  ¡Si hay dolor… hay dolor!

¡Es lo que hay!
¡Es lo que es!

¡Escaparse no es que esté mal… es que es imposible! ¡Tan solo es una ilusión! ¡Una fantasía! Parece que te escapas, pero, en realidad,  tan solo te escondes y te resistes. Y esa resistencia es lo que te exacerba el sufrimiento. Al final, como siempre, es peor el remedio que la enfermedad. Porque en la Vida hay dolor, mucho dolor… es lo que siempre digo: “¡La Vida duele!” ¡Claro que hay dolor! Hay dolor… pero el sufrimiento lo pones tú.

No es lo mismo el dolor que el sufrimiento. El dolor es inevitable, es consustancial con la vida misma: en algunos momentos hay dolor, ¡sin duda! Pero el sufrimiento no. El sufrimiento es nuestra reacción. El sufrimiento es nuestra resistencia al dolor. El pretender eliminar el dolor –ahora no estoy hablando de aspirinas-, el pretender que no haya dolor en este momento, representa una negación de la realidad de este momento, un rechazo a lo real, un rechazo a lo que es… “¡Me niego a aceptar la realidad!” ¡Pues tú mismo, amigo! Es como la pataleta de un niño porque la ola espumosa se llevó su castillito de arena…  “¡Pero es que duele!”  ¡Oh, hermano, claro que duele! ¡Cuánto antes te des cuenta, antes podrás empezar a vivir! ¡Porque la vida duele! ¿Lo he dicho antes? ¡A mí también me mojan las lluvias! ¡A mí también me quema el fuego! ¡Y también sangro cuando me corto! ¡Y también lloro… cuando no puedo…!


“¡Que no quiero verla! / Dile a la luna que venga / que no quiero ver la sangre / de Ignacio sobre la arena / No. / ¡Que no quiero verla!”  Así exclamaba Lorca en su poema elegíaco Sangre derramada. Pero  ni la llegada de  la luna y ni el oscuro manto de la noche  van a devolverle la vida al torero muerto. Por mucho que grite el poeta que: “¡Yo no quiero verla!”, la verdad es que “Ya los musgos y la hierba / abren con dedos seguros / la flor de su calavera.” ¡Y eso duele! (como decía la Bombi, ¿recuerdan?) ¡La muerte de un amigo duele! ¡Dios, si duele…!  Pero cerrar los ojos… no apacigua el dolor… ¡Al contrario! ¡Lo enquista!



La aceptación no es indiferencia. La aceptación no es anestesia. La aceptación es abrir los ojos a la vida. Es afrontar la realidad que se te ha venido encima, de frente, con los ojos bien abiertos y permitirte VIVIR lo que te ha tocado vivir… hasta las últimas consecuencias. Que la Vida te penetre hasta el fondo, hasta el tuétano de los huesos… hasta el alma.  La aceptación es comprender que la vida es un Misterio… y como tal, no tiene solución, no puede resolverse (si no fuera así, en vez de Misterio, tan sólo sería un simple enigma, un acertijo...) … Lo único que sí puede hacerse con ella  es vivirse. Y vivir obliga a lanzarse sin condiciones al seno de las aguas, donde reina por siempre y para siempre… la Incertidumbre.


lunes, 20 de enero de 2014

“La Sabiduría de la Incertidumbre.” (1ª. Parte) (“La quietud es el primer requisito.”)





¿Qué va a ser de mí…?
¿Qué va a ser de ti…?     ¡No sé…!  ¡No sé…!  ¡No séééé…!

Empezar  a tomar conciencia de que realmente no sé lo qué va a pasar, de que, sinceramente, no tengo ni idea, es lo que viene a presentarnos a la Incertidumbre de la Vida… y eso…  ¡eso nos da miedo!

“¿Qué va a ser de mí…? ¿Qué va a ser de ti…? ¡Miénteme y di que no estoy loco…!”, cantaba Miguel Bosé…

Solemos  reaccionar ante la incertidumbre con ansiedad. Una ansiedad flotante. Un miedo indefinido y desenfocado que nos va invadiendo ante la percepción de un fantasmagórico peligro, el cual pende de un hilo  invisible permanentemente sobre nuestras cabezas.


Miedo indefinido y deseo. Deseo de huir. El deseo de salir a toda costa de esa situación. De escapar. De encontrar la certeza. Un deseo de querer hacer algo y no saber bien el qué. Un deseo compulsivo por recuperar el control. Un control que, en realidad, nunca hemos tenido, pero que creíamos tener. Eso nos llena de inquietud y empezamos a dar golpes de ciego. Golpes desesperados en medio de la oscuridad… hasta que en una de esas… damos con algo a lo que nos podamos agarrar, como a un clavo ardiendo, para intentar protegernos de nuestra vulnerabilidad… … ¡Y vuelta a empezar!

Cada  cosa nueva a la que nos agarramos nos da algo de pan para hoy, pero, sin duda, nos aboca a un hambre más atroz para mañana. Cansados, finalmente, de azotar en el viento y de construir, una y otra vez, espejismos en el aire, que acaban desmoronándose como castillos de arena bajo las primeras olas de la próxima marea, comenzamos a sentirnos impotentes. Un barrunto de impotencia que nos va oprimiendo y deprimiendo el ánimo.



Sin embargo, no por ello habríamos de desesperar. ¡Al contrario! Con la debida atención podremos descubrir que esta apatía derrotista es tan sólo una etapa transitoria, el precio que hemos de pagar para poder ir saliendo de nuestra obsesión compulsiva por el control. ¡Por el presupuesto “control”!  Esta especie de “depresión” no pretende hundirnos en la miseria sino que cumple con una misión fundamental: lo que viene a refrenar es a nuestra hiperactividad desordenada, para que podamos, en algún momento, dejar de dar más palos de ciego en la noche.

“¡La quietud es el primer requisito!” Así rezaba un antiguo proverbio Zen, y la verdad es que contra más pataleas, mas te hundes en los barrizales… La supuesta apatía depresiva  a lo que, en realidad, apunta es hacia un estado de quietud, el cual hemos de saber aguantar. Un cierto estado de vacío, del cual podrá ir saliendo una nueva serenidad. Una serenidad que nos permitirá poder ver las cosas con una mayor calma y perspectiva.


Pero aquí también hemos de estar bien atentos y saber contener la impaciencia. Es preciso mantener una atención despierta y una paciencia serena que nos irá posibilitando el ir viendo la verdad tal como es. Será, precisamente, el mantenernos en un estado de atención plena, sin ningún tipo de escape,  lo que podrá llevarnos a la auténtica Aceptación. El peligro, en cambio, residiría en identificarnos precipitadamente con la sensación de impotencia frustrante y derrotista, con la cual no podremos desembocar nunca en la aceptación liberadora, sino que, como mucho, derivaríamos hacia una falsa aceptación que no pasaría de ser pura  Resignación.

¡Y mantenerse en la resignación representa no haber entendido nada!

                      (Continuará en el siguiente post.)

lunes, 18 de marzo de 2013

“La Primavera la sangre altera.”





            Aquí y ahora, en el hemisferio norte, vuelve de nuevo, en su eterno retorno, la llegada de la primavera.

Por estas fechas me gusta escuchar canciones de  Silvio Rodríguez y abrir las ventanas al amanecer, para poder estar presente cuando la eterna y siempre jovial Proserpina haga nuevamente su aparición, diciéndole adiós al Invierno. Hasta puedo ver ya la forma de una flor en las nubes de la mañana, pues las paraidolias de mi mente me invitan a jugar a proyectar jardines en los cielos nubosos de marzo... Y es que parece que ya todos estamos impacientes... como esperando abril...



A lo largo de la historia de la Humanidad, antes de los avances tecnológicos, de la protección  que nos ofrece la ciencia actual y el confort que nos ha traído  la modernidad, el ser humano vivía mucho más desvalido y vulnerable, aunque por ello  también mucho más enraizado en la Naturaleza.

Entonces, los ciclos estacionales se percibían y se vivían de forma intensa, pues la vida se experimentaba de forma sobrepuesta al mundo natural. Piensen que antes de que se descubriera el uso de la electricidad (recuerden que la bombilla eléctrica se patentó en el año 1880, como quien dice, hace cuatro días), el invierno era sinónimo de oscuridad. Era sinónimo de frio, de enfermedad y de muerte. Antes del desarrollo moderno de la medicina, durante el invierno entraba siempre la Muerte en casa... 




Las familias eran extensivas, eran clanes familiares. No existían los antibióticos, los antitérmicos… ni siquiera existía la higiene. La alimentación era pobre… Cualquier gripe invernal se llevaba por delante al que estuviera más débil: al abuelo, al recién nacido, a la embarazada…  El invierno era sinónimo de temporales, de frio intenso, de nieve, de oscuro  sufrimiento, de muerte, de dolor… De mucho dolor. ¡La Humanidad hunde sus raíces en el dolor!

¡Y la Primavera la sangre altera! Eso es lo que dice el dicho popular. Pero para que comprendamos a fondo este célebre refrán, mi teoría es que deberíamos compararlo con el síndrome que actualmente se conoce como Estrés Postraumático.



   El primero en analizar este cuadro fue Freud, con lo que él denominó Neurosis traumática y también Neurosis de guerra. En definitiva, de lo que se trata es de que cuando nos encontramos sometidos a experiencias desgarradoras, a una situación de estrés intenso, brutal… en esos momentos el organismo trata de resistir con todas sus capacidades. Aguanta como puede, mientras dura el peligro. Pero después, cuando el huracán ha pasado, es cuando nos sale a fuera los temblores, cuando se desatan las emociones y cuando, incluso, nos venimos abajo.



Que la llegada de la primavera traiga consigo la animosidad y la excitación es del todo comprensible, con el aumento de la luz y de la temperatura que a la vez estimula la liberación de hormonas: melatonina, feromonas… que a su vez hace aumentar el impulso sexual, etc., etc. ...




 Pero es teniendo en cuenta la inmensa trascendencia que representaba para la Humanidad, desde los tiempo antiguos, el dejar atrás el oscuro y fatídico invierno como se puede valorar y hacer justicia a la exaltación y al jubileo del equinoccio primaveral, al retorno de Perséfone...




Y, al mismo tiempo, si recordamos el fenómeno del estrés postraumático podremos comprender, igualmente, que también puedan darse, sobre todo en los primeros compases de la primavera, justamente el efecto inverso. Pues es de siempre conocido que en primavera aumentan los trastornos  emocionales y que la clásica “astenia primaveral” hace que uno se sienta venir abajo, ya que este cuadro se caracteriza por un profundo cansancio, agotamiento y falta de energía.



Pero ya saben que la vida es paradójica. ¡No paro de repetirlo! Lo esperable es que con la llegada de la primavera vuelvan y aumenten las energías, los ánimos y las ganas de vivir. ¡Y esto es lo que generalmente ocurre! ¡En esto consiste la celebración de la primavera! ¡El eterno Retorno! Pero también, conociendo los efectos postraumáticos del estrés, puede resultarnos igual de comprensible el hecho de que cuando llevas meses y meses… largos e interminables meses apretando puños y dientes, encogido por el frio y por el pánico… Meses inacabables, con amagos traicioneros, hacia el final,  de ligeras bonanzas, como canta el refranero catalán: “Març, marçot, tira a la vella al sot i a la jova si pot” (Marzo, marzote, tira a la vieja al hoyo y  a la joven si puede) (La variante popular que más ha perdurado es: “Març, marçot, mata –o treu- a la vella de la vora del foc, i a la jove si pot”)...



...meses sin dejar por un momento  de dedicar rezos a tus dioses, de practicar conjuros y sortilegios para intentar apartar de ti y de los tuyos a la negra Parca, la cual ronda tan cercana y sin descanso, que has venido sintiendo el aliento de la Muerte recorrer tu espalda, tu espina dorsal, haciendo erizar los cabellos de tu nuca… Entonces, es igual de comprensible, digo, que cuando empieces a notar que por fin, de verdad, se aleja el peligro…




…Que entonces puedas bajar ya la guardia… y que te salga todo lo que has estado aguantando. Lo que has estando soportando… y a lo que has sobrevivido. ¿Cómo no va a ser normal, entonces, que la sangre se altere? ¡Que todo tu ser se altere! ¡Y que con los primeros signos de la primavera… empieces a enloquecer...!




 Escrito por:Lauren Sangall Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Premia de Mar -Barcelona-     
 T. 93 751 63 54      e-mail: laurensangall@gmail.com 

jueves, 10 de noviembre de 2011

"¿Y ahora qué hacemos?" (3ª parte) ("Malabarismos en el trapecio")



En los anteriores posts de esta trilogía y de la del estrés, he venido comentando, insistentemente, el tema de que el monopolio del empirismo y del materialismo, propios de la modernidad, ha abierto un agujero negro bajo nuestros pies. Como trapecistas de circo desconcertados y desencajados por el espanto de descubrir, repentinamente, que la red de seguridad les ha sido retirada y ya sólo el frio y mortal suelo les está esperando allá abajo, de igual forma hemos despertado en una lánguida mañana postmoderna, comenzando a presentir un atisbo de lo que representa el haber hecho desaparecer, de la escena oficial, el trasfondo metafísico y religioso.



¡Y no es que eso haya sido del todo malo! ¡De hecho: era necesario! Había que derribar a los padres-dioses a fin de podernos emancipar. “¡O Dios o yo!”, exclamaba Nietzsche. ¡No era un mal comienzo! Era imprescindible aprender a diferenciar bien las cosas para seguir evolucionando… para madurar. “A Dios lo que es de Dios y al cesar lo que es del cesar.” Pero  para transcender lo que fuere, hay que diferenciar… y después integrar lo diferenciado. Algo que la modernidad no ha sabido hacer con lo subjetivo, con lo espiritual.

Por el contrario, ahora sólo cuenta lo externo y cuantitativo. Todo lo que no quede registrado y replicado en un laboratorio experimental queda excluido de la existencia. Se le niega el derecho a formar parte de lo real. Esa es la falacia de la localización simple.




Con esta manera de obrar, lo que hemos conseguido es acabar destripando la profundidad del Kosmos… hasta que hemos empezado a darnos cuenta, horrorizados, de que nos hemos quedado viviendo en un universo sin valores, sin conciencia… sin misterio… Sin Espíritu. El Kosmos, con K mayúscula, ha quedado reducido al simple cosmos. ¡Sin K y en minúsculas!






Sin embargo, sofocar lo metafísico asestándole un hachazo directo en el cuello, ha sido como pretender matar a la Hidra mitológica cortándole la cabeza: del tajo abierto… ¡vuelven a salir dos cabezas nuevas! (Al fin de cuentas, recuerden, la Hidra custodiaba una entrada al Inframundo. Era la guardiana del Más Allá.) 

Lo  que se ha  escondido por delante ha  vuelto a salir por detrás. Lo hemos podido ver claramente en los movimientos sociales populares, juveniles y de contracultura, a lo largo de todo el siglo XX.  Del rock and roll liberal se fue progresando hasta desembocar, por un lado, en el movimiento hippy…




...el cual acabó conectando con la espiritualidad del misticismo oriental… y , cuando menos, reverenciando una religiosidad pagana, tipo brujería Wicca, de adoración a la Madre Tierra… los espíritus de la Naturaleza… etc., etc. 




Por otro lado (la segunda cabeza de la Hidra), el sector contracultural más resentido, mas undergraund, derivó hacia el hard rock, el heavy metal… el death metal… Y estos, evidentemente, en coherencia con sus posturas más despreciativas, se fascinaron  con el inframundo espectral y diabólico, con lo oscuro, con lo satánico… saturando, de esta manera, sus iconografías con imágenes de la Muerte, calaveras y antihéroes del infierno…




La evolución de esta rama dura del rock llevó al punk y a la estética gótica, la cual  entregó en bandeja un dios substitutivo, a través de  la elegante y siniestra figura del Vampiro.  Arquetipo idóneo para poder proyectar en él nuestra sed de vida y nuestra tortuosa lucha con la eternidad.






En definitiva, lo que ha estado ocurriendo es que, de una u otra manera, ha ido emergiendo continuamente, a lo largo de la modernidad, la expresión de un desasosiego. Desasosiego provocado por el triunfo espectacular del racionalismo, el cual se ha pasado de la raya. ¡Ha ido demasiado lejos y se ha convertido en un tirano represivo!

Pero las propuestas espontaneas responden, mas bien, a un rebelión romántica y nostálgica. Una reacción compensatoria frente a tanto cientifismo racionalista. Una alternativa apasionada basada en la sensación, en el sentimiento y en la emoción. Pero quienes caen en esa trampa, desde luego, tampoco pueden resolver el problema. Ellos podrán creerse los paladines de lo auténtico, pero con su ecorromántico retorno a la naturaleza, aunque no se den cuenta, siguen perpetuando  el desastre del paradigma moderno, el cual no es otro que la visión unidimensional y física del mundo.




No se trata de adorar la naturaleza,  mostrando una actitud en contra del progreso tecnológico… y menos aún de caer en regresiones, idealizando etapas superadas. ¡Ojo! ¡Atención con esto! En ningún modo estoy preconizando la vuelta a los dioses míticos, y menos a los mágicos. El Dios convencional y mítico ya murió con la Ilustración, y lo remataron entre  Nietzsche, Marx y Freud. De lo que hablo es de seguir evolucionando, todos juntos, hacia lo postconvencional, hacia lo auténticamente psíquico... y lo que venga. ¡De ir hacia delante... pero unidos, rescatando e integrándolo todo!


La propia canción de El progreso, de Roberto Carlos, que tuvo tanta difusión en los años 80, y que contiene un mensaje de plena validez, con estrofas como aquellas de “Yo no estoy contra el progreso si existiera un buen consenso. Errores no corrigen otros, eso es lo que pienso…”  y aquello de  “yo quisiera (…) navegar sin hallar tantas manchas de aceite en los mares. Y ballenas desapareciendo por falta de escrúpulos comerciales…” sin darse cuenta cae en el mismo error, pues  entonces va y mete el estribillo: “Yo quisiera ser civilizado como los animales.” ¡Y ahí la pifia! Y no me vale la licencia poética  ni el lenguaje figurado: ¡La pifia por confusión ecorromática! ¡Sin mala fe, pero la pifia como los ecologistas radicales!

Y eso no es todo: como a “rio revuelto, ganancia de pescadores”, este interregno de confusión y crisis de paradigmas en que nos encontramos, este malestar y desasosiego que comentamos, es justo el terreno abonado y propicio para que los buscavidas sin escrúpulos hagan su agosto, disfrazándose de gurus tramposos:


“Limpieza de energías… Invocación de ángeles protectores y velas místicas de colores… Lecturas del aura… Tarot 24 horas… Clarividencia por teléfono… Oráculos personalizados por TV… Sanadores de Reiki en cada esquina… Sectas maravillosas prometedoras de poderes ocultos... ¡Despierte la kundalini y active los chakras en un taller de fin de semana…” ¡¿Quién da más?! … … …  ¡Sin comentarios!   ¡Los mismos perros con distintos collares!




La Evolución es un camino sin retorno, y lo que exige es seguir trascendiendo a base de encarar con valentía las contradicciones que surgen del propio diálogo de progreso. Para ello, actualmente, nos encontramos ante el tremendo desafío de poder reunificar la ciencia, la cultura y la conciencia. Sólo con la integración de los tres lenguajes del conocimiento humano, y no en el dominio de uno sobre los otros, podremos hallar la salvación.