viernes, 25 de mayo de 2012

TALLER DE CONCIENCIA CORPORAL




El próximo mes de junio comenzaré a impartir una serie de talleres de Conciencia Corporal. El primero tendrá lugar el viernes, día 15 de junio, de 17 a 20 h., en “Can Rosich”, de Pineda de Mar. 


Este es el anuncio:


    TALLER DE CONCIENCIA CORPORAL
                                                                                                                                                  
                                                                                                               (El requisito olvidado)


Taller teórico-práctico de Introducción a la        Conciencia Sensorial Integrativa.


Los pilares básicos para el autoconocimiento, la integración cuerpo-mente y la expansión de la conciencia.

-      ¿Sabes dónde colocas tu centro de gravedad?
-      ¿Están tus pies despiertos y bien plantados en la tierra?
-      ¿Descarga tu cuerpo el estrés o lo acumula?
-      ¿Te permites vibrar con vitalidad o te refugias en la rigidez?
-      ¿Hay energía viva en tu tacto?
-      ¿Es tu respiración profunda?
-      ¿Consigues relajarte plenamente?
-      ¿Sabes entrar en tu espacio interior?
-      ¿Retienes el dolor o lo sueltas…?



 La cantidad de energía corporal determina la calidad de nuestra respuesta vital.

El nivel de conciencia corporal nos proporciona la capacidad de sentirnos  intensamente vivos y radiantes.

 Es a través de la Conciencia Corporal como conseguimos conectarnos con el aquí y el ahora.




Fecha del taller:   Viernes, 15 de junio 2012
Lugar: Can Rosich (Pineda)
Horario: de 17 a 20 h.
Imparte:  Lauren Sangall  (Psicoterapeuta)
Precio: 30 €  (incluye consumición de coktail de frutas en la tertulia de despedida).
Materiales necesarios: ropa cómoda, calcetines, toalla pequeña,  esterilla y          almohadilla.
Contacto para reservas: Tel. 93 751 63 54   
                                     e-mail: laurensangall@gmail.com

viernes, 18 de mayo de 2012

"La Resiliencia": Epílogo. (La alquimia de las ostras.)




            “La resignación es un suicidio cotidiano”, escribió Honoré de Balzac. ¡Es una triste reflexión! Pero es así, sobretodo, por no estar al corriente de cómo son las cosas, por no saber aún que la vida duele hasta crujirte los huesos…. que es una caja de sorpresas y que el mundo está lleno de trampas…. ¡Y que está bien que así sea!

            Por otro lado, escribía Roberto Cabrera, el insigne artista e intelectual guatemalteco, que “no hay más que la ruta de desaciertos y caídas para encontrar la verdad. No hay más que el grito de dolor antes de ver la luz que brilla en tu interior.” Y ya que he comenzado este epílogo de los artículos sobre la Resiliencia con citas literarias, voy a continuar recordando unas palabras de Paulo Coelho y que ya son emblemáticas de su discurso: “El Universo siempre conspira a favor de los soñadores (…) Cuanto más se aproxima uno a su sueño, más se va convirtiendo la Leyenda Personal en la verdadera razón de vivir.”


            Pues resulta que, en nuestro paso por el mundo, tarde o temprano encontraremos resistencias e, incluso, en algunas ocasiones, nos parecerá que todo va rematadamente mal. ¡Es una buena señal! ¡Ya lo creo! No pretendo provocarles con mi cinismo, sino insinuarles una tercera alternativa:

La 1ª  sería: “La vida es una puta mierda.”

La 2ª: “¿Seré yo un auténtico gilipollas?

Y la tercera alternativa es que, tal vez,  estemos apretando a fondo el acelerador. (¿Pero qué dice este hombre?) ¡Pues eso! Podemos estar acelerando la velocidad en nuestro viaje… en busca de nosotros mismos…. Como ha dicho el propio Cohello: “hay momentos en que las tribulaciones se presentan en nuestras vidas y no podemos evitarlas. Pero están allí por algún motivo. Sólo cuando ya las hemos superado entenderemos por qué estaban allí.”

Desde luego, es verdad  que este enfoque nos abre hacia una visión transcendente… ¡Pero, bueno! ¡A fin de cuentas, este es un blog de psicología transpersonal! Así pues, ante los reveses de la vida, no todo ha de verse como mala suerte y de que hacemos las cosas mal… sino que también podemos comenzar a intuir señales… ¡Señales de que estamos haciendo progresos! Los niños suelen tener fiebre cuando están creciendo. ¡Son los dolores del crecimiento! De igual forma,  para avanzar hacia nuevos niveles existenciales, nos encontramos con barreras exteriores que habremos de superar, a fin de asumir los cambios que necesitamos realizar, para acceder a nuestro nuevo nivel de realidad.




Los problemas forman parte de cualquier cambio. Las barreras externas están ahí. ¡Seamos capaces de darles la bienvenida! ¡Es lo que hay! Cuanto antes nos encaremos a ellas, antes podrán ser superadas. Ese es el momento en que la mayoría de la gente suele abandonar. “La resignación suicida”,  que escribía Balzac. Podemos sentirnos desbordados y quedarnos paralizados… pero un enfoque abierto, flexible, resiliente… nos podrá aportar la fe y la esperanza necesarias para poder metamorfosearnos y encontrar en la adversidad de la crisis, el trampolín hacia unas realidades más gloriosas. “A grandes males, grandes remedios.” Y como escribiera el gran psicólogo Paul Watzlawick (¡cómo me costó aprenderme ese apellido!): “De todas las ilusiones, la más peligrosa consiste en pensar que sólo existe una única realidad.”




Cada barrera en el camino nos ofrece una nueva oportunidad, y al liberar la energía que estaba reteniendo ese obstáculo, nos sentiremos más fuertes y más capaces de seguir el camino hacia delante. Ser resiliente no consiste en desear volver atrás para pretender volver a ser como antes, sino en ir hacia el frente. Representa metamorfosis, transformación… para crecer hacia una realidad nueva.

Desde una perspectiva transpersonal, los obstáculos podrían desempeñar la misma función que las coincidencias: una sincronicidad. Cuando un obstáculo se cruza o bloquea nuestro camino, podemos decidir, en plan Paulo Coelho, que el Universo nos está retando para que nos enfrentemos a esa adversidad, y, de esa manera, avanzar hacia nuestra Leyenda Personal.

Habríamos de entender que el dolor es la materia prima del mundo… y la resiliencia representa la alquimia que lo acaba transmutando en luz.


La mejor ilustración del proceso resiliente la encontramos en la creación de las perlas naturales. Pues resulta que cuando un grano de arena entre en el interior de una ostra, agrediéndole de esta forma,  el molusco comienza a segregar nácar como reacción protectora… y el resultado acaba siendo una luminosa y preciosa perla.

miércoles, 9 de mayo de 2012

“La Resiliencia” (3ª. Parte) (Siete vidas tiene un gato.)






“Tranquila, mi vida…”, cantaba Antoñito Flores, “…he roto con el pasado./ Mil caricias pa’ decirte/ que siete vidas tiene un gato…”

Eso también le escuchaba decir a mi padre, cuando niño. “¿Por qué dices que los gatos tienen siete vidas?”, le preguntaba yo. “¡Porque siempre caen de pié!”, era su respuesta. Y tanto me llegó a intrigar el tema que anduve un tiempo expiando a todos los mininos del barrio y hasta, a más de uno, llegaría a achuchar desde lo alto de tapias y tejados para hacerlos caer… Y no descansé con mis pesquisas hasta comprobar que, efectivamente, ¡siempre caen de pié! 




Sin embargo, si por ese detalle tuvieran que ganarse la reputación de lo de las siete vidas… ¡estarían apañados! No se trata, simplemente, por caer de pié por lo que se salvan, sino por… ¡saber caer! Los gatos despliegan una especie de anti-reflejo que les lleva a aterrizar en un estado de profunda relajación. ¡Ese es el secreto! Si en cambio fueran a dar con el duro suelo en tensión, rígidos y encogidos por el miedo, el hecho de que cayeran de pié no les salvaría de destrozarse huesos y tendones. A partir de lo cual, su supervivencia se vería muy comprometida.

Es relajándose en la caída como consiguen absorber completamente el golpe. Y lo hacen con tanta gracia que parece que reboten. ¡Sí, los gatos son auténticos maestros de resiliencia! ¡Los gatos y los borrachos! No me malinterpreten. Voy a mencionar de nuevo mi infancia para evocar a aquellos borrachos empedernidos, a aquellos desgraciados entrañables (¡viva el oxímoron!) que todo el pueblo conocía. Los que hacían las delicias de la chiquillería, provocadores de burlas y de compasión…




 Bajo los efectos de semejantes melopeas, aquellos patéticos personajes acababan cayendo en redondo en mitad de la acera… y allí quedaban tirados, durmiendo la mona. Pero unas horas más tarde… aquellos viejos se levantaban tranquilos… silenciosos… amnésicos… ausentes… ¡como si nada! ¡Ni un hueso roto! ¡Ni una simple magulladura! ¡Nada! ¡Eso es lo que quiero remarcar: el saber caer. ¡No hay como saber caer y absorber el golpe!



De igual manera, es la flexibilidad de nuestras capacidades psicológicas la que nos posibilita el volver a salir a flote e incluso, finalmente, bien parados. Algo similar nos ha querido transmitir, desde antaño, la popular fábula del roble y el bambú. Ya saben: una ligera y flexible caña de bambú había crecido junto a un recio roble, a orillas de un río. Cada día, el fuerte y robusto árbol se vanagloriaba de su gran resistencia e invulnerabilidad, mientras que reprendía a la caña por doblarse a uno y otro lado, removida por el viento. Sin embargo, llegó en una ocasión una terrible tempestad que duró toda la noche… lo cual hizo que el bambú se inclinase hasta ras del suelo…   Cuando a la mañana siguiente logró pasar  el huracán, el roble estaba roto, partido en dos… para la caña seguía en pié. ¡Había recuperado su verticalidad… y se mecía, grácil, bajo la luz del sol!



Boris Cyrulnik, el gran estudioso de la resiliencia, escribe que “hay que golpear dos veces para que se produzca un trauma”, refiriéndose a la “teoría de la doble herida”. Todo ello vendría a decir que para que un impacto o golpe doloroso de la vida llegue a traumatizarnos, hace falta un “doble impacto”. El primer impacto se refiere al propio proceso real, externo, que nos acontece en la vida. Pero el segundo impacto vendría a producirse con el significado que nosotros le lleguemos a dar, en nuestra historia personal: nuestra rigidez propiciaría que se llegara a enquistar y que, en consecuencia, se formase el trauma. En cambio, nuestra flexibilidad facilitaría que se reabsorbiese y que se integrara en nuestra biografía, asumiendo un significado que acabaría por enriquecernos… (“lo que no mata, engorda.”)

Por lo general, la disposición resiliente ha de irse entretejiendo lentamente y, en cuyo proceso, no hay que despreciarse ciertos factores ambientales sino que, por el contrario, estos pueden, o bien generar la consolidación del segundo impacto, a través de la estigmatización, del rechazo o del menosprecio (“ha sido por tu culpa”, “tú te lo has buscado”, “no es para tanto”, etc., etc.) o, por el contrario, resultar auténtica agua bendita: encontrar comprensión y afecto humano son ingredientes fundamentales para el desarrollo de la resiliencia. De ahí la gran importancia que puede tener la comunicación, la solidaridad  y el sincero apoyo psicológico y moral. Una mano amiga no tiene precio, en esos momentos: un tutor de resiliencia, un adulto significativo, una persona en quien poder confiar, que nos preste apoyo, que nos permita expresarnos y que nos incentive a la superación personal.




A falta de este “otro que nos tienda su mano… habremos de buscarnos cualquier elemento (suceso, lugar, personaje…) que nos inspire y nos pueda transmitir fe en la vida. En esto, el arte puede ser la mayor medicina. Y, sobretodo, recuerden que siempre…  siempre… nos quedará París… ¡Ay, no! ¡Quería decir…  el HUMOR!



          (Continua en el Epílogo - en el siguiente post-)




viernes, 4 de mayo de 2012

"La Resiliencia" (2ª. Parte.) (La magia del oxímoron.)


                

            Veníamos hablando de la Ley de Murphy y de las “putadas” de la Vida, para acabar recalando en las orillas de la resiliencia. Una palabreja curiosa que me encanta, heredada de la Física y la Metalurgia, como explicaba en el anterior post, y que hace referencia a la capacidad elástica de los metales (y de los materiales, en general) para soportar el impacto de un choque o una presión, y de recuperar su estructura original tras la deformación sufrida de forma transitoria.

            Cuando se aplica a la psicología, la resiliencia sería, entonces, lo que nos hacía falta (¡miren por dónde!) para acabar de entender y aprobar aquel célebre refrán de toda la vida, que dice: “No hay mal que por bien no venga.” Y es que resulta que al vencer a la adversidad… salimos fortalecidos.



 Citaba a Freud como un pionero en la idea de este concepto, por una reflexión que el genial psicoanalista hizo en su autobiografía (“Soy un hombre afortunado: nada en la vida me ha sido fácil.”). Nombraba también al psicólogo alemán Victor Frankl, al cuál se le suele recordar a menudo, sobretodo emparejado a su inmortal obra: “El hombre en busca de sentido.” Por cierto, “obrita” que yo también recomiendo: tan sólo  sesenta escuetas páginas… pero de una intensidad impresionante. ¡Ya dicen que en el bote pequeño suele estar la buena confitura!

Sin embargo, quién es bien poco conocido es el padre de la susodicha palabra, o al menos su introductor en el campo de la psicología: Boris Cyrulnik. Un neurólogo y psicoanalista francés, de origen judío. En su tierna infancia fue deportado a un campo de exterminio nazi, donde hubo de presenciar el asesinato de sus padres. El pequeño Boris logró escapar del campo de concentración, con 6 años de edad, y consiguió llegar a un centro de refugiados.  La mirada horrorizada del niño ante tal  comportamiento criminal, le llevaría a estudiar, posteriormente, Medicina y Etología humana buscando dar sentido a lo incomprensible. Actualmente, el Dr. Cyrulnik, con 75 años de edad y padre de familia de cuatro hijos, es un brillante científico y un escritor excepcional.



Para ayudar a entender mejor el mecanismo de la resiliencia, el propio Cyrulnik suele utilizar otra palabra altisonante y poco habitual: el oxímoron, aunque este es un vocablo bien conocido, desde siempre, por los lingüistas y amantes de la gramática. Oxímoron es ese recurso literario que consiste en combinar dos palabras con significados opuestos, logrando de esta forma crear un nuevo sentido. Por ejemplo, podríamos referirnos a un “silencio atronador.” También, en algún caso, se podría decir: “Triste alegría” o “alegre tristeza”, o “una oscura claridad”,“una hermosa fealdad” (como el cuento sufí de la Verdad, ¿recuerdan? El propio título paradójico venía a ser un oxímoron: “La mentira de la verdad”.   ) Así pues, ya nos vamos acercando… hasta poder hablar de “un fuego que no quema” o de “un mal que hace bien”. Y aquí, entonces, ya habríamos llegado: “Un mal que hace bien”. Una adversidad que acaba fortaleciéndonos.



            De igual forma, para llegar a la excelencia, los deportistas han de someterse a durísimos entrenamientos físicos, aprender a superar derrotas, a caerse y volverse a levantar una y mil veces… a encajar dosis elevadas de dolor… Y es que también una inyección duele o una medicina puede estar amarga… y aún así pueden salvarnos de algo grave. Así pues, después de todo, me temo que el dolor va a resultar ser la sal de la vida que, tal cual decimos en Catalunya: “si pica, cura”. Y si quieren la versión larga del refrán: “Quan cou, cura y quan pica, madura” (“Cuando escuece es que  cura y cuando pica, madura”).

            Al conseguir atribuir un sentido al acontecimiento doloroso, se modifica lo que se experimenta. Los traumatismos pueden, entonces tomarse como un desafío y el dolor, como pruebas de la existencia.



            El hecho de haber sido herido nos vuelve sensibles a todas las heridas del mundo, hasta que, finalmente, puede resurgir el herido victorioso, el herido triunfal, que acaba por experimentar un asombroso sentimiento de gratitud. “¡Esa es mi canción!”, gritó Edith Piaff al instante de escucharla de los titubeantes labios del pianista que la compuso. “Je ne me regrette pas” ¿La recuerdan? Y la transformó en un tristísimo-glorioso himno (ahora ya tienen presente lo que es un oxímoron).

“Non, rien de rien, non, je ne regrette rien,
ni le bien qu`on m`a fait, ni le mal,
tout ca m`est bien egal
non, rien de rien, non, je ne regrette rien…”


video




                                                 (Continúa en el siguiente post.)

jueves, 26 de abril de 2012

"La Resiliencia. (1ª. parte.) ("El Destino es un maricón.")





        Existe un dicho popular enormemente expresivo que reza: “Si pongo un circo, seguro que me crecen los enanos.” Siempre me ha parecido una ingeniosa y divertida ilustración de la celebérrima ley de Murphy. Por cierto, que tal dichosa ley admite infinitos enunciados. Ya saben, aquél de que “si algo puede salir mal, saldrá mal” o el de que “la tostada siempre cae al suelo por el lado de la mantequilla”.



            Yo me suelo acordar siempre de la Ley de Murphy en esos lunes de mañanas radiantes de sol… justo después de pasarse todo el fin de semana lloviendo… Sobretodo cuando había planificado ir de excursión o a la playa… Y es que parece como si hubiera un principio universal que está esperando a que por fin lleves a lavar el coche para que precisamente después se ponga a llover a cántaros… ¡Y encima barro! ¡Pero no se acaba aquí, no! Las variaciones pueden ser infinitas: después de más de una hora buscando aparcamiento, cuando llegas a casa resulta que entonces hay un hermoso hueco delante de la puerta… El único recibo que ha desaparecido es el que ahora tanto necesitas y te vuelves loco buscándolo… Y es que si las cosas, alguna vez aparecen, pues resulta que se encuentran en el último lugar en que se mira. No se apuren que todos tenemos un plan que nunca funcionará y para limpiar una cosa no hay más remedio que ensuciar otra. En fin, que la Naturaleza, si puede, te venderá una moto.




         


   Ante tal exhibición de fatalidad no es difícil pensar, como cantaba Joaquín Sabina, en  su tema: “Con un par”: “… pero al loro, que el destino es un maricón…”  Y más adelante, en la misma canción: “Destino chungo, cruel y canalla, te da champán y después cazalla…” Claro que también, como suelo venir explicando en este Blog, toda cuestión en esta vida puede tener un valor relativo. Todas las cosas que nos suceden, pueden reenfocarse desde un nuevo punto de vista. El mismísimo Freud llegaría a escribir una frase, en su autobiografía, que contiene una agudísima reflexión: “Soy un hombre afortunado: nada en la vida me ha sido fácil.” El creador del psicoanálisis estaría aludiendo aquí, de forma evidente, al valor altamente positivo que puede llevar encerrado toda adversidad. Como si toda frustración representara un  motor que empuja a las personas a superarnos hacia la evolución, hacia el crecimiento personal y  a la realización de nosotros mismos.

            Mire, pues, por donde, el genial psicoanalista preconizaría la importancia del dolor y el sufrimiento y se adelantaría así casi medio siglo en lo que acabaría siendo un concepto, cada vez más fundamental, en la  Psicología Humanista: lo que actualmente se conoce como  “Resiliencia”.


            Resiliencia es una hermosa palabra que deriva de la voz latína: “resilio”, cuyo significado etimológico sería: volver atrás de un saltorebotar… resurgir. A la vez, resulta ser un término que proviene de la física y de la metalurgia (igual que stress), refiriéndose a la capacidad “elástica” de los metales, de recuperar su forma y estructura tras ser deformados por un impacto. Ahora la psicología y la sociología han adoptado la palabra con auténtica fruición, viendo en la actitud resiliente algo mucho más profundo que un simple rebotarse. La resiliencia nos proporciona a los seres humanos la capacidad de sobreponernos a los impactos dolorosos de la existencia, integrando el dolor y resurgiendo fortalecidos por el mismo, como el avefenix que resurge triunfal de sus propias cenizas (mi padre decía que la vida te enseña a base de hostias).



 Desde La cenicienta a Harry Potter, pasando por El patito feo, son relatos de historias resilientes, como lo fue la del personaje bíblico de Job, o la vida del genial Beethoven o la del psiquiatra Victor Frankl, que tras su experiencia en los campos de concentración nazi, desarrolló la "Logoterapia", una psicoterapia centrada en la búsqueda del sentido de la vida.  Resulta que desde antiguo, los místicos decían que “el dolor es la primera vía hacia el conocimiento”,  y hasta el propio príncipe Sidartha,  más conocido como el Buda,  necesitó encontrarse de cara frente al dolor del mundo,  pues únicamente tras el descubrimiento de la existencia de la miseria, así como  de que la enfermedad y la muerte aguardan al hombre, fue cuando decidió abandonar la placentera vida dentro del palacio, para hacerse mendigo y lanzarse de lleno a la búsqueda de la Verdad. ¡Y no paró hasta encontrar el nirvana!  

                             (Continuará en el siguiente post.)

viernes, 20 de abril de 2012

Epílogo (2ª. parte): "La Mentira de la Verdad."

        

            Lejos de hacer una apología de la mentira, lo que sí he tratado de evidenciar, en estos últimos cinco artículos del Blog, es la necesidad de una gestión equilibrada del uso de la verdad, en la sociedad humana, donde verdad y mentira coexisten y conviven indisociablemente.



            Se entiende a la mentira como una estrategia de comunicación ocultadora y tergiversadora de lo real, pero en la cuál habríamos de valorar, principalmente, la intención tergiversadora, como diría Derrida, así como el nivel o grado de tergiversación infligido, antes de descalificarla tan autoritariamente desde los estrictos púlpitos de la Moral. Pues con un juicio riguroso, hasta el tacto de las relaciones humanas, en última instancia, sería equiparado al mentir.

            No hace falta caer en la llamada Demagogia de las palabras honorables para reconocer la importancia de los mitos en la historia de la humanidad. Fue Platón quién hizo referencia, en su célebre obra “La República”, a la “mentira noble”. La cual no consistiría en otra cosa que en el uso de un mito, con la finalidad de preservar la armonía social (ése es exactamente el mensaje que pretende transmitir la película reciente de Batman: “El caballero oscuro”)



            En esta misma línea, podríamos incluir la abigarrada mitología de los pueblos, que conforman el ideario colectivo de sus culturas, las cuales suelen estar plagadas de referencias a héroes legendarios, proezas inspiradoras y personajes fabulosos.



            También habríamos de considerar, en la misma línea, al contenido mítico de las religiones, basado, esencialmente, en la personificación de arquetipos simbólicos. Con todo ello, lo que se estaría haciendo es tratar de transmitir mensajes válidos de una gran profundidad de conciencia, pero expresados a través de supuestas anécdotas históricas. De tal manera, podrían ser asimiladas por un nivel mental concreto, menos evolucionado.

            También, el reconocidísimo antropólogo Levi Strauss, hablaba de las creencias necesarias, como pueden ser las leyendas edificantes y los mitos poéticos, los cuales, aunque falsos en el sentido histórico, pueden tener una inmensa utilidad por lo que llegan a transmitir a nivel simbólico.





            Algunos dicen, siguiendo el popular refrán, que “cuando el río suena… agua lleva”, aunque tal vez quien  llegara a expresar mejor el trasfondo de toda esta idea fuera Eugene O’Neill, con su frase: “Si se despedaza una mentira, los pedazos son la verdad”.

            Y bien, como lo prometido es deuda, voy a finalizar, de verdad, esta saga de artículos, con un cuento sufí: “La Mentira de la Verdad.” Así que allá va:

            Un joven intrépido escuchó decir que la Verdad era la más hermosa de las doncellas, que el afortunado que  la encontrara quedaría extasiado y satisfecho para siempre. Inflamado por el anhelo de hallar semejante belleza, decidió consagrar su vida a la búsqueda de la Verdad.

            Inició su exploración por las bibliotecas y los libros de filosofía, pero de nada le sirvió, pues cada uno contradecía al anterior. Continuó su búsqueda sumergiéndose en la religión, pero le ocurrió tres cuartos de lo mismo: cada doctrina pretendía poseer la verdad y cada una refutaba a la otra y, por lo general, de forma violenta.


            Entonces decidió buscarla por sí mismo, aunque para ello tuviera que recorrer toda la Tierra, Y así fue como se hizo peregrino por los caminos del mundo, preguntando de pueblo en pueblo: “¿Conocéis a la Verdad?” Y la respuesta más esperanzadora era: “Dicen que pasó por aquí hace mucho tiempo, pero nadie sabe a dónde fue.”

            Tras recorrer todos los pueblos de todos los países, el joven ya era ahora un hombre maduro, y abandonó su búsqueda en la sociedad humana, para comenzar su interrogación a la Naturaleza. Preguntó, entonces, a los valles y a los ríos… a la montañas y a los bosques… a los árboles… a las flores… si conocían a la Verdad. Y los mares, los peces, los pájaros… cada uno con su lenguaje, le contestaban: “¿La Verdad? Pasó por aquí hace tiempo… ¿Quién sabe donde estará ahora…?


            El hombre buscador de la Verdad se hizo viejo, más no desistió en su indagación. Paraje tras paraje… escudriñaba en cada rincón del planeta… hasta que llegó a un vasto y árido desierto. A la ardiente arena le preguntó: “¿Sabes tú dónde vive la Verdad?” Y el desierto le respondió: “¡Pues claro! ¡La Verdad está aquí!  ¡La Verdad soy yo!

            Pero el anciano había aprendido mucho en su larguísimo e incansable viaje, y supo reconocer que el desierto le mentía… Así que prosiguió su camino…


            Por fin, consiguió llegar al fin del mundo, donde halló una oscura cueva. Se adentró en el interior de la gruta y encontró que había alguien en sus profundidades. Cuando alcanzó a verla, a la luz de un candil, descubrió a una mujer muy vieja y feísima. El hombre consiguió reconocerla al instante, a pesar de aquella horrible apariencia: era la Verdad.

            “Te he buscado por todo el mundo. He dedicado toda mi vida para encontrarte. ¿Por qué te escondes? ¡Todos te están esperando!”

            La Verdad se mantuvo en silencio.

            El anciano insistió, una y otra vez en su invitación y en sus ruegos, pero la Verdad no le contestó. Después de tres días de insistencias contínuas, el anciano supo que la Verdad no abandonaría su refugio oscuro. Antes de marchar, le formuló su último ruego: “Al menos, confíame un mensaje que pueda llevarme y así poder transmitírselo al mundo de tu parte. Lo llevaré a los océanos, a los lagos y hasta las altas cumbres. A los peces del mar y a las aves del cielo revelaré tu consejo. A las bestias y a los hombres llevaré el mensaje de la Verdad. Así podré decirle a los sabios y hasta a los místicos: “¡Aquí tenéis una palabra auténtica de la Verdad!”

            Entonces, la Verdad levantó su mirada hacia el anciano. La vieja y fea dama, mirándole al fondo de los ojos, pronunció estas palabras: “Ve y diles que soy joven y bella.”

                                                            
                                             ("La Verdad" Lefebvre)

viernes, 13 de abril de 2012

"El exceso de verdad: Epílogo." ("La verdad de la mentira y la mentira de la verdad."





        Con este Epílogo daré por terminada esta saga de artículos dedicados al tema de la verdad, no por considerarla agotada, sino por procurar amenizar el Blog con temas variados y diferentes. He elegido como título un juego paradójico de palabras: “La verdad de la mentira y la mentira de la verdad”, con lo cual, de entrada, ya intento hacer alusiones a que la verdad y la mentira coexisten indisociablemente en la experiencia cotidiana.

        Mi intención es no repetirme con conceptos que ya han sido hilvanados en los post precedentes, a excepción de recordar la gran importancia que tiene el saber gestionar adecuadamente la “verdad”. Es esta una habilidad psicológica y social bien compleja, en donde intervienen la sensibilidad, la intuición y la empatía, así como el tacto y la compasión.








        Habríamos de tener siempre bien presente la relatividad de todas las cosas. Por lo tanto, para el tema que nos ocupa, habríamos de reconocer que existen “mentiras y “mentiras”. Por ejemplo, podríamos decir que el Arte representa uno de los esfuerzos más grandiosos y válidos con el que el hombre pretende abrazar la verdad: el esfuerzo estético. La búsqueda de la armonía y la belleza que subyace en el trasfondo profundo de la Existencia.




 Sin embargo, al mismo tiempo, habremos de admitir que las expresiones artísticas se basan en la mentira. ¡Son un simulacro! ¡Un truco para intentar hacernos ver lo que no hay, lo que no es! Vemos un árbol en un trozo de papel acuarelado... el erotismo de Venus en los pigmentos de oleos sobre una tela... o la clemencia de la Piedad, antropomorfizada en un bloque de mármol... Como dijera Picasso: "El Arte es una mentira que nos acerca a la verdad."
 

        Y es que no todas las mentiras valen lo mismo. Por ello  escribiría el filósofo catalán Miguel Morey: “no son las mismas las mentiras del arte que las de la maldad.” Y si William Blake, por su parte, había reconocido que “la verdad mal intencionada es peor que la mentira”, nosotros bien podríamos llegar a argüir, pues, que “la mentira bien intencionada, en ocasiones, podría llegar a ser mejor que la verdad.” ¿Se resisten a aceptarlo? Bien, entonces que me dirían de cuando una mentira logra salvar una vida humana... ¿Recuerdan La lista de Schindler...? Con sus disimulos y tergiversaciones, el empresario alemán logró salvar a más de mil judios polacos del holocausto nazi...



        Recuerdo que de pequeño, me fascinaba escuchar la curiosa historia que mi padre me explicaba, sobre cómo el escribano de un rey había salvado la vida de un hombre... ¡con tan sólo cambiar una coma! El asunto se trataba de que... hubo una vez en que habían recurrido a un suplicatorio real para salvarle la vida a un hombre justo, condenado a muerte. El monarca no quiso conceder la gracia y ordenó a su escriba que respondiera con el siguiente mensaje:

          “Perdón imposible, que lo maten.”

         El escribiente, apiadándose del reo, después de firmado el veredicto, cambió la coma de sitio, con lo que el mensaje quedó de la siguiente forma:

         Perdón, imposible que lo maten.” 

         Y de esa sencilla forma consiguió salvar la vida a un inocente.

        Como decía en el encabezamiento del post, verdad y mentira coexisten indisociablemente y conviven una junto a otra. Sencillamente, hasta los secretos... los silencios... pueden caer dentro del cajón de las mentiras. La propia intimidad, necesaria como el aire que respiramos... ¿en que cajón la meteríamos? No atender al teléfono o no responder al timbre de la puerta, en un momento determinado, lo podemos considerar legítimo... pero no deja de ser una respuesta mentirosa. Una vez más, aludo a la “ética de la situación” para procurar mantenernos responsables y, a la vez, libres en lo que respecta a la la gestión de la verdad.


        Tom Wolfe, en su célebre y magnífica novela “La hoguera de las vanidades”, deja patente la paradoja de que, a veces, es necesario mentir para que pueda, precisamente, resplandecer la verdad. Una cuestión que queda magistralmente sintetizada en el concentrado diálogo entre el padre virtuoso y el hijo:

-”Quiero que se sepa la verdad y sólo hay un modo de hacerlo”
-”¿Cuál?”
-”Mentir”

        Y la escena continua, ahora con la cara de consternación del padre, que ensaya un discursito:

-”Sabes que siempre he sido un gran defensor de la verdad. He vivido con la mayor sinceridad posible. Creo que la verdad es la compañera esencial del hombre de conciencia. Un faro en este vasto y oscuro yermo que es el mundo moderno. Y aún así…”
-”¡Queee…! “
-”¡En este caso, si la verdad no te deja libre, miente!”


        Y ahora, creo que ha llegado el momento de hacerles una confesión. Si me han seguido hasta aquí, puede que sea el timing adecuado: ¡Les he mentido! Y es que considero que la mejor forma de hacerse comprender es predicando con el ejemplo. Pues sí: les he mentido. He comenzado el post comunicándoles que con este epílogo daba por terminada la “saga de la Verdad”, y resulta que es mentira. Todavía voy a escribir un artículo más: la segunda parte de este Epílogo, que publicaré la semana próxima y que remataré con un curioso cuento sufí llamado “La mentira de la Verdad.” ¡Y punto final! ¡Esta vez va en serio! ¡Les invito a que no se lo pierdan!


         (Continuará en la 2ª parte del Epílogo -en el siguiente post-)