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miércoles, 7 de noviembre de 2018

UN CURSO DE PODER: "EL ARTE DE MORIR" (16 de NOVIEMBRE, 2018).


                UN CURSO DE PODER : TALLER "EL ARTE DE MORIR."


El 3er. Taller de UN CURSO DE PODER PSICOHEDÓNICO: "EL ARTE DE MORIR" está dedicado al invisible e impresionante PODER del DESAPEGO. 

El ARTE de MORIR representa el auténtico  ARTE de VIVIR...

Más allá del NACER y el MORIR transcurre el HILO ETERNO de la EXISTENCIA...





La PSICOHEDONIA  te lleva, de nuevo en este taller, a entrar en la PARADOJA... y TRANSCENDER  la DUALIDAD...

Encontrar el CENTRO... es entrar en el auténtico SER.

Para despertar nuestro GUERRERO de LUZ, nuestro SAMURAI INTERIOR... hemos de aprender a caminar haciendo equilibrios por la cuerda floja...



Este nuevo Taller PSICOHEDÓNICO te invita a familiarizarte con el ARTE DE MORIR... y con su dominio cambiará prodigiosamente tu vida... manteniéndote inténsamente vivo al misterio, al asombro, a la emoción y la AVENTURA...





UN CURSO DE PODER representa una nueva APLICACIÓN  de la PSICOHEDONIA

Un nuevo VIAJE TRANSPERSONAL, aplicando las bases teóricas de la PSICOHEDONIA y la PRÁCTICA INTEGRAL DE VIDA que la Psicohedonia propone, para activar nuestroPRIMER CENTRO DECONSCIENCIA, el CENTRO ENERGÉTICO que nos conecta con laACCIÓN... con la ACCIÓN CORRECTA.

Este CENTRO, a nivel físico, representa nuestra FUERZA... nuestra VITALIDAD... A nivel psicológico representa la VOLUNTAD, el CORAJE... el VALOR...

Activar este CENTRO nos lleva a conectar con nuestro GUERRERO TRANSPERSONAL... el ARQUETIPO fundamental que en PSICOHEDONIA llamamos... SAMURAI.

Con SAMURAI nos EMPODERAMOS de nuestra ACCIÓN...
Con SAMURAI nos EMPODERAMOS de cada SITUACIÓN...
Con SAMURAI nos EMPODERAMOS de nuestra RESPUESTA ante la VIDA...




FICHA DEL 3er. TALLER DEL CURSO DE PODER: "EL ARTE DE MORIR."

Fecha: Viernes, 16 de noviembre, de 2018
Lugar: Sala Mozart (C/.Esglesia, 91. 1er. piso) CALELLA.

Horario: de 18:00 h. a 23:30 h. 
 
Imparte:  Lauren Sangall  (Psicoterapeuta)
Precio: 35 € 
Materiales necesarios: ropa cómoda, esterilla o cojín, , un fular o pañuelo para vendarse los ojos, una vela (clásica),   mp3 o mobil con auriculares y el audio del taller: "EL ARTE DE MORIR."  ¡Y UNA MANTA! (sobretodo los frioleros).


*IMPORTANTE: Solicitar el archivo musical, si no lo tenéis (al e-mail de contacto: laurensangall@gmail.com)

lunes, 11 de noviembre de 2013

Te amo tanto que no te necesito” (3ª. parte) (“¡Qué miedo da el Amor!”).



El Amor, explicaba en los posts anteriores, constituye la verdadera esencia de todo lo real. Por ello, el Amor representa una necesidad tan profunda que nos resulta del todo imposible vivir sin él. Sin embargo, lo paradójico del asunto es que al mismo tiempo… le tenemos miedo. ¡El Amor es lo contrario del miedo y, para colmo, resulta que le tenemos miedo al Amor! ¡Siempre, siempre la paradoja! Antoni de Mello nos lo mostraba recordándonos aquel precioso diálogo Zen entre un joven discípulo y su viejo maestro:


-¿Que es el amor?- preguntó el discípulo.
-La ausencia total de miedo- contestó el maestro.
-¿Y qué es a lo que tenemos miedo?- volvió a preguntar el discípulo.
-¡Al Amor- respondió el maestro- … al Amor!


De todas maneras, en vista de que su “consumo” es de tan vital necesidad, algo había que hacer, y entonces ocurre lo que dice el viejo refranero, que “a falta de pan…  buenas son tortas.” Y así, sucede que en ausencia del valor necesario para atrevernos con el verdadero Amor, nos vamos apañando con sustitutos y sucedáneos (“ensayos de amor”). Y cuando uno anda tan necesitado, hasta con lo falso se disfruta (¡Al menos por un tiempo!).


          Si, en cambio, llegáramos hasta la ausencia total de miedo, entonces abriríamos las manos y los brazos y nos ofreceríamos sin condiciones como un corazón tendido al sol, dejándonos fundir con la existencia.  En una ausencia total de miedo temblaríamos, pero de gozo, como una gota de rocío que se ofrece confiada a la luz de la mañana, y bailaríamos a todas horas porque el amor es la danza de la Vida. Pero aún no sabemos llegar a eso y mientras vamos desarrollando la capacidad de amar con plenitud, diferentes y múltiples formas de egoísmo, que a la vez son reacciones defensivas ante el miedo, se disfrazan de “amor”, de la misma forma que el lobo de la fábula lo hacía con la piel del cordero. Es el proceso inevitable de ensayo-error para dominar el arte y el oficio.

            Así, todo amor particular y exclusivo suele estar cargado, en mayor o menor medida, de posesividad y de exigencias, sin apenas darnos cuenta de que la exigencia, en sí misma, ya es un acto de egoísmo. Pero la mente, a menudo, suele ir de un extremo al otro y tanto se descarría por exceso como por defecto. De ahí que, incluso, la opinión popular del “sacrificio romántico” también parta de un error de medida, de un desequilibrio. En la idea de que si se ama a alguien, entonces se ha de anteponer siempre la felicidad del ser amado a la propia, hay una distorsión, pues la felicidad de una persona no debe sustentarse en el sufrimiento de otra. Esto me recuerda la reflexión ética de Spinoza, cuando escribió aquello de que “el que da sin placer, no es generoso, sino, tan sólo, un avaro que se esfuerza.” Es del todo injusto exigir a nadie a que renuncie a su derecho a la felicidad, mientras que, por otro lado, el dar ha de ser siempre la expresión de un sentimiento jubiloso: si cuando damos no sentimos alegría, entonces… es que no estamos dando.




Con todo esto es fácil confundirse, pues el apego y el aferramiento simulan a toda costa un amor intenso, cuando la verdad es que difícilmente van más allá de la dependencia y el refugio. Por su parte, los celos y la posesividad también reclaman “derechos de amor”, cuando, en realidad, navegan entre el narcisismo y la neurosis. La mentalidad obsesiva y  mercantilista da por hecho que  todo es susceptible de ser comprado y vendido, y poder decir: “esto es mío”, para pretender ejercer un control total sobre ello, incluso con las personas, alienándolas y rebajándolas, así, a la categoría de objetos.


            Pretender cambiar al otro porque queremos que se comporte como a nosotros nos gustaría es robarle su libertad, es usurparle su derecho existencial a asumir su responsabilidad, a decidir su propia vida. A veces, justificamos nuestras exigencias autoritarias pretendiendo saber mejor que nadie lo que al otro le conviene y aludiendo que actuamos “por su propio bien”, cuando en el fondo lo que suele ocurrir es que no nos atrevemos a soltar nuestra interesada visión, nuestro apego posesivo y, de esta forma, atentamos contra el respeto y la sagrada libertad de la persona.

            Y ya que comenzaba este post revelando la idea de que el Amor, en el fondo, nos da miedo (ya lo preanunciaba con el subtítulo), pues bien, vaya como colofón la reflexión consecuente: el amor nos da miedo… porque el Amor representa una muerte…




            …Representa  una muerte, tal vez aún más profunda, más total que a lo que habitualmente llamamos muerte, que es a la muerte física… Pues entrar en el Amor, zambullirse en el Amor es lanzarse a un abismo profundo: una caída libre hacia el fondo del otro, hacia el fondo del mundo, hacia el fondo de la Vida… hacia el fondo de Dios… Un viaje hacia el fin de la Noche, donde entregamos el ego. Pues el Amor… es la muerte del Ego.


            Miren por donde, esto me recuerda a una antigua canción de Los Chunguitos, aquella vieja rumba que jaleaba: “Si me das a elegir/ entre tú y mis ideas/ que yo sin ellas/ soy un hombre perdido./ ¡Ay, amor… me quedo contigo!”

             Continúa  -y acaba- en el próximo post.)


Escrito por:Lauren Sangall. Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Premia de Mar -Barcelona-      T. 93 751 63 54      e-mail: laurensangall@gmail.com 

            

lunes, 7 de octubre de 2013

“Te amo tanto que no te necesito.” (1ª. Parte) (“Ensayos de amor”.)




   Aún sabiendo que tal comparación pueda parecer del todo estrafalaria, me arriesgaré a comenzar diciendo que con el amor pasa un poco lo mismo que con la política. ¿Cuántas veces habremos oído a alguien decir de sí mismo que se consideraba apolítico, y, entonces, su interlocutor le recriminaba que eso era del todo imposible…? Pues resulta harto popular el reconocer que nuestra propia condición de ser social, de alguien que convive en comunidad y participa  de una sociedad organizada, hace que cualquier conducta, cualquier intervención que realicemos, por activa o por pasiva, represente una interacción con nuestro medio y, por tanto, no puede escapar de ser, en cualquier caso, también una acción política.


¿Y que tendrá que ver todo eso con el amor? Tal vez, de buenas a primeras, no se vea claramente el paralelismo, por lo que intentaré explicarme a fin de que se pueda contemplar con más facilidad la equivalencia.

Pues bien: la cosa va de que igualmente, al menos un servidor,  se ha encontrado, en no pocas ocasiones, con quienes  también manifiestan declaraciones del tipo: “Yo no creo en el amor.” E incluso con quienes decretan con contundencia que “el amor no existe.” Cuando esto sucede, se me da por construir mentalmente verdaderas metáforas surrealistas, una de mis favoritas consiste en imaginarme  a una ola marina. Sí, una antropomorfa  ola despistada que se pusiera a gritar, una ola perdida y sobérbica que gritase a los cuatro vientos: “¡Yo no creo en el Oceano!” E incluso: “¡No existe ningún mar..!”




En cambio, por mi parte, no sólo no diré yo que no existe el Amor, sino que me atreveré a exclamar que es, precisamente, lo único que existe en realidad. Que el amor lo impregna todo y, a la vez, que todo pretende llevarnos hacia él. Ya sé que es una paradoja múltiple. Tal vez ahora se vea más claro el paralelismo con la otra paradoja de  lo  “político” en lo “apolítico”. El propio título que le he dado al post ya es una profunda paradoja, pero así son las cosas reales de la vida y es por eso que hemos de esforzarnos de lo lindo para comprender…

Para acabar de liar las cosas un poquito más, recordaré ahora que en nombre del amor, se cometen  las más grandes aberraciones y también que, en demasiadas ocasiones, se considera amor lo que se encuentra, en realidad,  en el otro extremo del espectro, lo cual no es otra cosa que el miedo.


Después de tanto galimatías, comencemos ya a ordenar el tema y a intentar aclararnos. Para ello, podríamos decir que todo lo que hacemos son ensayos de amor. Durante toda la vida no hacemos otra cosa que ensayar con el amor. A lo que dedicamos nuestra existencia es a desarrollar nuestra capacidad de amar. Lo que ocurre es que hay muchísimas etapas. ¡Existen tantos  niveles! Desde el aislamiento de supervivencia ultradefensiva, a las peticiones desesperadas, del amor a sí mismo a la apertura hacia los demás, del amor posesivo, exclusivo y particular, al amor inclusivo, extensivo e incondicional… ¡Ensayos de amor! ¡Niveles de amor!

Cuando los niveles son muy bajos, entonces hablamos de crueldad, de egoísmos, de odio… Igual que cuando falta luz decimos que “hay” oscuridad… ¡Pero, en realidad, nunca “HAY” oscuridad…! ¡En ese caso… lo que no HAY es luz!  Es decir: Lo único que existe es la luz, no la oscuridad. Puede que nos encontremos donde haya más luz o menos luz… mucha, poca, poquísima luz… Decimos “oscuridad” a la ausencia o escasez de luz, no porque haya “algo” que “sea” la oscuridad…


De la misma manera sucede con el Amor: cuando hay mucho amor, entonces también hay “luz”,  pues hay alegría, fluidez, libertad, felicidad… En cambio, cuando hay poco amor todo se vuelve opaco, grave, espeso, prisionero, desgraciado… “oscuro”.

Así pues, para hacer una clasificación rápida que lo resuma todo, diría que los actos humanos sólo pueden ser de dos tipos: o donación de amor… o petición de amor. El amor, como el alimento (o el dinero), cuando sobra, se da (o al menos se puede dar), pero cuando falta, se busca, se pide, se reclama. Y cuando la carencia es extrema… entonces se acaba por robar. 


Mirado así, desde  una perspectiva profunda, todo ataque es una reacción desesperada que, en el fondo, representa una petición de ayuda, una petición violenta de amor. Un rapto de amor.

Todo ataque emana de una sensación de impotencia que ha llegado a saturarse. Se ataca porque se siente hartazgo de tanto miedo y se quiere salir, como sea, de ese horror. Es una súplica de amor... desde el dolor.




¡Se necesita salir del miedo! Y el miedo no es más… que una sensación de carencia de amor.

Al amor, popularmente se le suele contraponer el “odio” como su antónimo, igual que se suele considerar a la “oscuridad” como la oponente de la luz, sin darse cuenta de que no existe “tal cosa que sea oscuridad”, sino solamente luz, en mayor o menor presencia. De la misma forma, podemos afirmar que sólo existe el Amor, que, según las circunstancias, se puede manifestar en mayor o menor intensidad. En su ausencia, se experimenta el Miedo. El miedo representa, pues, una auténtica súplica de amor, ante una sensación de amenaza profunda de pérdida y desamparo. El miedo es el amor bloqueado.

Entre el amor y el miedo anda el juego…


                                         (Continuará en el siguiente post.)

Escrito por:Lauren Sangall Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Premia de Mar -Barcelona-      T. 93 751 63 54      e-mail: laurensangall@gmail.com 





lunes, 18 de marzo de 2013

“La Primavera la sangre altera.”





            Aquí y ahora, en el hemisferio norte, vuelve de nuevo, en su eterno retorno, la llegada de la primavera.

Por estas fechas me gusta escuchar canciones de  Silvio Rodríguez y abrir las ventanas al amanecer, para poder estar presente cuando la eterna y siempre jovial Proserpina haga nuevamente su aparición, diciéndole adiós al Invierno. Hasta puedo ver ya la forma de una flor en las nubes de la mañana, pues las paraidolias de mi mente me invitan a jugar a proyectar jardines en los cielos nubosos de marzo... Y es que parece que ya todos estamos impacientes... como esperando abril...



A lo largo de la historia de la Humanidad, antes de los avances tecnológicos, de la protección  que nos ofrece la ciencia actual y el confort que nos ha traído  la modernidad, el ser humano vivía mucho más desvalido y vulnerable, aunque por ello  también mucho más enraizado en la Naturaleza.

Entonces, los ciclos estacionales se percibían y se vivían de forma intensa, pues la vida se experimentaba de forma sobrepuesta al mundo natural. Piensen que antes de que se descubriera el uso de la electricidad (recuerden que la bombilla eléctrica se patentó en el año 1880, como quien dice, hace cuatro días), el invierno era sinónimo de oscuridad. Era sinónimo de frio, de enfermedad y de muerte. Antes del desarrollo moderno de la medicina, durante el invierno entraba siempre la Muerte en casa... 




Las familias eran extensivas, eran clanes familiares. No existían los antibióticos, los antitérmicos… ni siquiera existía la higiene. La alimentación era pobre… Cualquier gripe invernal se llevaba por delante al que estuviera más débil: al abuelo, al recién nacido, a la embarazada…  El invierno era sinónimo de temporales, de frio intenso, de nieve, de oscuro  sufrimiento, de muerte, de dolor… De mucho dolor. ¡La Humanidad hunde sus raíces en el dolor!

¡Y la Primavera la sangre altera! Eso es lo que dice el dicho popular. Pero para que comprendamos a fondo este célebre refrán, mi teoría es que deberíamos compararlo con el síndrome que actualmente se conoce como Estrés Postraumático.



   El primero en analizar este cuadro fue Freud, con lo que él denominó Neurosis traumática y también Neurosis de guerra. En definitiva, de lo que se trata es de que cuando nos encontramos sometidos a experiencias desgarradoras, a una situación de estrés intenso, brutal… en esos momentos el organismo trata de resistir con todas sus capacidades. Aguanta como puede, mientras dura el peligro. Pero después, cuando el huracán ha pasado, es cuando nos sale a fuera los temblores, cuando se desatan las emociones y cuando, incluso, nos venimos abajo.



Que la llegada de la primavera traiga consigo la animosidad y la excitación es del todo comprensible, con el aumento de la luz y de la temperatura que a la vez estimula la liberación de hormonas: melatonina, feromonas… que a su vez hace aumentar el impulso sexual, etc., etc. ...




 Pero es teniendo en cuenta la inmensa trascendencia que representaba para la Humanidad, desde los tiempo antiguos, el dejar atrás el oscuro y fatídico invierno como se puede valorar y hacer justicia a la exaltación y al jubileo del equinoccio primaveral, al retorno de Perséfone...




Y, al mismo tiempo, si recordamos el fenómeno del estrés postraumático podremos comprender, igualmente, que también puedan darse, sobre todo en los primeros compases de la primavera, justamente el efecto inverso. Pues es de siempre conocido que en primavera aumentan los trastornos  emocionales y que la clásica “astenia primaveral” hace que uno se sienta venir abajo, ya que este cuadro se caracteriza por un profundo cansancio, agotamiento y falta de energía.



Pero ya saben que la vida es paradójica. ¡No paro de repetirlo! Lo esperable es que con la llegada de la primavera vuelvan y aumenten las energías, los ánimos y las ganas de vivir. ¡Y esto es lo que generalmente ocurre! ¡En esto consiste la celebración de la primavera! ¡El eterno Retorno! Pero también, conociendo los efectos postraumáticos del estrés, puede resultarnos igual de comprensible el hecho de que cuando llevas meses y meses… largos e interminables meses apretando puños y dientes, encogido por el frio y por el pánico… Meses inacabables, con amagos traicioneros, hacia el final,  de ligeras bonanzas, como canta el refranero catalán: “Març, marçot, tira a la vella al sot i a la jova si pot” (Marzo, marzote, tira a la vieja al hoyo y  a la joven si puede) (La variante popular que más ha perdurado es: “Març, marçot, mata –o treu- a la vella de la vora del foc, i a la jove si pot”)...



...meses sin dejar por un momento  de dedicar rezos a tus dioses, de practicar conjuros y sortilegios para intentar apartar de ti y de los tuyos a la negra Parca, la cual ronda tan cercana y sin descanso, que has venido sintiendo el aliento de la Muerte recorrer tu espalda, tu espina dorsal, haciendo erizar los cabellos de tu nuca… Entonces, es igual de comprensible, digo, que cuando empieces a notar que por fin, de verdad, se aleja el peligro…




…Que entonces puedas bajar ya la guardia… y que te salga todo lo que has estado aguantando. Lo que has estando soportando… y a lo que has sobrevivido. ¿Cómo no va a ser normal, entonces, que la sangre se altere? ¡Que todo tu ser se altere! ¡Y que con los primeros signos de la primavera… empieces a enloquecer...!




 Escrito por:Lauren Sangall Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Premia de Mar -Barcelona-     
 T. 93 751 63 54      e-mail: laurensangall@gmail.com 

lunes, 26 de noviembre de 2012

“Hace falta valor” (2ª. Parte.)


      


            Que “la Vida duele” es algo que he declarado repetidamente. Es por ello que deberíamos asumir el dolor y el miedo cuanto antes podamos, como algo consustancial con la Vida misma. Sólo cuando consigamos aceptarlos e integrarlos en nuestra vida,  podremos sentirnos verdaderamente cómodos con ella. Sólo entonces podremos movernos como peces en el agua.

            Se explica la anécdota de que en una ocasión, el mismísimo Napoleón Bonaparte, encontrándose al frente de su ejército en el campo de batalla, al observar las dificultades por las que estaban atravesando sus tropas, temblaba de forma ostensible.

            Tan evidentes eran sus temblores, que el artillero que se encontraba a su lado, un aguerrido y temerario soldado, se atrevió a reprenderle: “Mi general, parece mentira que su excelencia esté temblando. ¿Acaso no me ve a mí, como no paro de lanzar cañonazos sin el asomo del más mínimo temblor?”

            Y cuentan que entonces Napoleón le contestó: “¡Si tú sintieras tan sólo la cuarta parte del miedo que estoy sintiendo yo… ya hace tiempo que habrías abandonado el cañón y habrías salido corriendo, cagando leches!”


            Es una buena anécdota. Pues la diferencia entre una persona valiente y una persona cobarde no radica en que la valiente no sienta miedo y la cobarde sí. Pues la verdad es que ambas lo sienten. La auténtica diferencia es que la persona valiente planta cara y sigue adelante a pesar de su miedo, mientras que la cobarde se paraliza y abandona. Como explicaba Osho: “Si encontraras una persona que no sintiese miedo, ¿cómo ibas a considerarla valiente? Sería una máquina, no un hombre. Sólo las máquinas están exentas de miedo. (…) Ser valiente es actuar a pesar del miedo. El miedo está ahí, el temblor está ahí, pero no te detiene; no te bloquea. Lo utilizas como un trampolín y a pesar del miedo y el temblor, entras en lo desconocido.”



            “¡Hace falta valor!” La célebre canción de Santiago Auserón y los Radio Futura, “Escuela de Calor”, lo repetía una y otra vez. Al igual que, una y otra vez, insistía Osho que es necesario ser valiente, “tan valiente como para ser capaz de enfrentarse a la muerte.” Y sin duda tiene razón, pues tal encuentro habrá de producirse ineluctablemente y llegará algún día, a todos y cada uno de nosotros. Por algo, don Juán Matus, el legendario chamán indio, le decía a Carlos Castaneda: “Es preciso tener unos cojones de acero.”




            “Asombro” y “cojones de acero” eran la receta para la auténtica disciplina, según el gran nagual mexicano. Por el contrario, nuestra sociedad moderna, abogando continuamente por el confort y la comodidad extrema, nos sobreprotege insanamente y nos hace cada vez más inmaduros, más infantiles… La ventaja del progreso tecnológico es que nos regala tiempo. ¡Tiempo libre!  Pero si nos dejamos sobornar por la comodidad y la indulgencia hasta el punto de que desechamos  todo esfuerzo, todo aguante, toda espera… entonces no le estaremos dando ninguna  oportunidad a nuestro valor para que se desarrolle. El tiempo libre es una gran oportunidad para desarrollar nuestro valor, pues nos permite mirar hacia dentro…

            ¿Cómo hacia adentro… si la televisión está afuera…? ¿si el “móvil” está afuera…? ¿si “la Play” está afuera…? ¿si el Shopping Center está afuera…? ¿Adentro? ¿Qué hay adentro…?


            Crees que no hay nada adentro… y eso te aburre… (¿o te asusta?). ¡Date una oportunidad! ¡Puede que haya algo y te lo estés perdiendo! ¡Podrías echarle un vistazo! ¡A ver quién hay ahí adentro! ¿No sientes un poco de curiosidad por investigar, por descubrir el propio ser de uno…?

            “¡Vas por ahí sin prestar atención y cae sobre ti una maldición!” ¡Que buenos eran los Radio Futura.



Escrito por:Lauren Sangall Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Premia de Mar -Barcelona-     
 T. 93 751 63 54      e-mail: laurensangall@gmail.com 

jueves, 10 de noviembre de 2011

"¿Y ahora qué hacemos?" (3ª parte) ("Malabarismos en el trapecio")



En los anteriores posts de esta trilogía y de la del estrés, he venido comentando, insistentemente, el tema de que el monopolio del empirismo y del materialismo, propios de la modernidad, ha abierto un agujero negro bajo nuestros pies. Como trapecistas de circo desconcertados y desencajados por el espanto de descubrir, repentinamente, que la red de seguridad les ha sido retirada y ya sólo el frio y mortal suelo les está esperando allá abajo, de igual forma hemos despertado en una lánguida mañana postmoderna, comenzando a presentir un atisbo de lo que representa el haber hecho desaparecer, de la escena oficial, el trasfondo metafísico y religioso.



¡Y no es que eso haya sido del todo malo! ¡De hecho: era necesario! Había que derribar a los padres-dioses a fin de podernos emancipar. “¡O Dios o yo!”, exclamaba Nietzsche. ¡No era un mal comienzo! Era imprescindible aprender a diferenciar bien las cosas para seguir evolucionando… para madurar. “A Dios lo que es de Dios y al cesar lo que es del cesar.” Pero  para transcender lo que fuere, hay que diferenciar… y después integrar lo diferenciado. Algo que la modernidad no ha sabido hacer con lo subjetivo, con lo espiritual.

Por el contrario, ahora sólo cuenta lo externo y cuantitativo. Todo lo que no quede registrado y replicado en un laboratorio experimental queda excluido de la existencia. Se le niega el derecho a formar parte de lo real. Esa es la falacia de la localización simple.




Con esta manera de obrar, lo que hemos conseguido es acabar destripando la profundidad del Kosmos… hasta que hemos empezado a darnos cuenta, horrorizados, de que nos hemos quedado viviendo en un universo sin valores, sin conciencia… sin misterio… Sin Espíritu. El Kosmos, con K mayúscula, ha quedado reducido al simple cosmos. ¡Sin K y en minúsculas!






Sin embargo, sofocar lo metafísico asestándole un hachazo directo en el cuello, ha sido como pretender matar a la Hidra mitológica cortándole la cabeza: del tajo abierto… ¡vuelven a salir dos cabezas nuevas! (Al fin de cuentas, recuerden, la Hidra custodiaba una entrada al Inframundo. Era la guardiana del Más Allá.) 

Lo  que se ha  escondido por delante ha  vuelto a salir por detrás. Lo hemos podido ver claramente en los movimientos sociales populares, juveniles y de contracultura, a lo largo de todo el siglo XX.  Del rock and roll liberal se fue progresando hasta desembocar, por un lado, en el movimiento hippy…




...el cual acabó conectando con la espiritualidad del misticismo oriental… y , cuando menos, reverenciando una religiosidad pagana, tipo brujería Wicca, de adoración a la Madre Tierra… los espíritus de la Naturaleza… etc., etc. 




Por otro lado (la segunda cabeza de la Hidra), el sector contracultural más resentido, mas undergraund, derivó hacia el hard rock, el heavy metal… el death metal… Y estos, evidentemente, en coherencia con sus posturas más despreciativas, se fascinaron  con el inframundo espectral y diabólico, con lo oscuro, con lo satánico… saturando, de esta manera, sus iconografías con imágenes de la Muerte, calaveras y antihéroes del infierno…




La evolución de esta rama dura del rock llevó al punk y a la estética gótica, la cual  entregó en bandeja un dios substitutivo, a través de  la elegante y siniestra figura del Vampiro.  Arquetipo idóneo para poder proyectar en él nuestra sed de vida y nuestra tortuosa lucha con la eternidad.






En definitiva, lo que ha estado ocurriendo es que, de una u otra manera, ha ido emergiendo continuamente, a lo largo de la modernidad, la expresión de un desasosiego. Desasosiego provocado por el triunfo espectacular del racionalismo, el cual se ha pasado de la raya. ¡Ha ido demasiado lejos y se ha convertido en un tirano represivo!

Pero las propuestas espontaneas responden, mas bien, a un rebelión romántica y nostálgica. Una reacción compensatoria frente a tanto cientifismo racionalista. Una alternativa apasionada basada en la sensación, en el sentimiento y en la emoción. Pero quienes caen en esa trampa, desde luego, tampoco pueden resolver el problema. Ellos podrán creerse los paladines de lo auténtico, pero con su ecorromántico retorno a la naturaleza, aunque no se den cuenta, siguen perpetuando  el desastre del paradigma moderno, el cual no es otro que la visión unidimensional y física del mundo.




No se trata de adorar la naturaleza,  mostrando una actitud en contra del progreso tecnológico… y menos aún de caer en regresiones, idealizando etapas superadas. ¡Ojo! ¡Atención con esto! En ningún modo estoy preconizando la vuelta a los dioses míticos, y menos a los mágicos. El Dios convencional y mítico ya murió con la Ilustración, y lo remataron entre  Nietzsche, Marx y Freud. De lo que hablo es de seguir evolucionando, todos juntos, hacia lo postconvencional, hacia lo auténticamente psíquico... y lo que venga. ¡De ir hacia delante... pero unidos, rescatando e integrándolo todo!


La propia canción de El progreso, de Roberto Carlos, que tuvo tanta difusión en los años 80, y que contiene un mensaje de plena validez, con estrofas como aquellas de “Yo no estoy contra el progreso si existiera un buen consenso. Errores no corrigen otros, eso es lo que pienso…”  y aquello de  “yo quisiera (…) navegar sin hallar tantas manchas de aceite en los mares. Y ballenas desapareciendo por falta de escrúpulos comerciales…” sin darse cuenta cae en el mismo error, pues  entonces va y mete el estribillo: “Yo quisiera ser civilizado como los animales. ¡Y ahí la pifia! Y no me vale la licencia poética  ni el lenguaje figurado: ¡La pifia por confusión ecorromática! ¡Sin mala fe, pero la pifia como los ecologistas radicales!

Y eso no es todo: como a “rio revuelto, ganancia de pescadores”, este interregno de confusión y crisis de paradigmas en que nos encontramos, este malestar y desasosiego que comentamos, es justo el terreno abonado y propicio para que los buscavidas sin escrúpulos hagan su agosto, disfrazándose de gurus tramposos:


“Limpieza de energías… Invocación de ángeles protectores y velas místicas de colores… Lecturas del aura… Tarot 24 horas… Clarividencia por teléfono… Oráculos personalizados por TV… Sanadores de Reiki en cada esquina… Sectas maravillosas prometedoras de poderes ocultos... ¡Despierte la kundalini y active los chakras en un taller de fin de semana…” ¡¿Quién da más?! … … …  ¡Sin comentarios!   ¡Los mismos perros con distintos collares!




La Evolución es un camino sin retorno, y lo que exige es seguir trascendiendo a base de encarar con valentía las contradicciones que surgen del propio diálogo de progreso. Para ello, actualmente, nos encontramos ante el tremendo desafío de poder reunificar la ciencia, la cultura y la conciencia. Sólo con la integración de los tres lenguajes del conocimiento humano, y no en el dominio de uno sobre los otros, podremos hallar la salvación.