domingo, 11 de agosto de 2013

“La sonrisa amplia.” (“Sugerencias de seducción o piropos para una noche de verano.)



            Estamos de nuevo en verano; en agosto, en vacaciones. Metidos en fechas de San Lorenzo, cuando las Perseidas vuelven a visitarnos y nos regalan esos cielos nocturnos colmados de lágrimas doradas, esas noches mágicas con sus lluvias de estrellas fugaces… En medio de este ambiente festivo voy a permitirme publicar un post, para esta ocasión, digamos más… indolente, como más mundano…

            La otra noche se me ocurrió desenfundar la vieja guitarra y me senté en el patio a recordar algunos arpegios. Ruedas de acordes y escalas pentatónicas aprendidas en mis lejanas mocedades… seguramente en otras noches calurosas de estío, como esta, pero que se fueron perdiendo en los arenales del Tiempo…


            Cuando había conseguido animarme hasta el punto de atreverme a tararear alguna antigua canción… (“Te recuerdo Amanda, la calle mojada…”  RE M.- Fa m#...), entró de repente, como un ciclón, mi hijo adolescente, con su ímpetu habitual. Pensé que sería un “entrar y salir” a toda prisa, como suele hacer últimamente: pidiendo paso, con su apasionada ansia de exprimir su juventud, pero por esta vez hizo una pequeña excepción y se paró un momento para reclamarme una sesión relámpago de “Habilidades Sociales”. Concretamente: que hiciese de Coach juvenil y en diez minutos le indicara algunos “trucos” para poder ligar en un concierto.

            Sin pensármelo dos veces, y mientras seguía arpegiando, aproveché la ocasión para declamarle aquellos inmortales versos de Becquer:

            “Por una mirada, un mundo./ Por una sonrisa, un cielo./ Por un beso… ¡Yo no sé qué te diera por un beso!”

            -En serio, papa. No te burles.
          -Si no me burlo- le contesté-. Te acabo de indicar las 3 claves maestras de la seducción:

            - MIRADA.
            - SONRISA.
            - BESO.



            Mi hijo comenzó a ponerme atención (cosa inusual, en la actualidad). Proseguí con el tema de la mirada. “Lo primero de todo, cuando has localizado a la chica que te gusta, es situarte cerca de ella. Es algo obvio, pero es lo primero que hemos de tener en cuenta los tímidos…”
-“¿Hemos?” Pero si tú no eres tímido.
-Lo fui. Ahora ni lo sospechas, pero a tu edad, yo también lo era. Continuo: te acercas y comienzas a mirarla. Síguela con la mirada, sin distraerte… y espera a que ella se dé cuenta.  Que también te mire. Aunque sea una mirada muy fugaz. Como las estrellas de esta noche…
-¿Y qué?- me inquirió impaciente.
-A partir de aquí, tú síguela mirando. ¡Insiste! ¡Que quede manifiesto que tú estás por ella! Segunda lección para los tímidos: no disimules que te gusta. No es cuestión de babear, ¡desde luego! Pero deja patente que ha captado tu interés.
-¡Vale! ¿Y qué más?
-Ahora es cuestión de estar atento y esperar a que te devuelva, por segunda vez, la mirada. ¡Esta es la clave! Si en cinco minutos “marcándola”, no te vuelve a mirar por segunda vez, aunque muy fugazmente, como las…
-¡Si, como las estrellas de esta noche! ¿Entonces qué?
-¡Pues que te olvides! Si no recibes una segunda mirada, mejor te olvidas de ella y empiezas a buscar a otra. ¡Estamos hablando de ligar en un concierto! ¡Una cosa seria ya sería otro cantar…!
-¡No te enrolles! ¿Y ya estaaaaá…?
-¡No, hombre! Con la segunda mirada, es cuando tienes que regalarle la más amplia de tus sonrisas…
           

            ¡Conseguí mantener su atención sostenida durante más de media hora! (¡Todo un récord!). Y es que nadie queda inmune ante el poder de las sonrisas amplias! Realmente, la sonrisa se considera el más positivo y amistoso de todos los signos corporales. Ya aparece en el infante en el segundo mes de vida, como primeras muestras de reconocimiento, ante el rostro de su madre.

 Por su parte, fue Guillaume Duchenne, de Boulogne, en el siglo XIX, que inició el estudio empírico de la sonrisa con la observación de las cabezas guillotinadas  (!!!) y lo continuó con la aplicación de descargas eléctricas en el rostro de vagabundos voluntarios. En fin, un curioso caso de extravagante investigación científica, pero lo cierto es que Duchenne descubrió que la sonrisa auténtica está controlada por dos grupos de músculos: los zigomáticos mayores, es decir: los de las comisuras de los labios, y los orbicularis óculi, o sea: los que tiran los ojos hacia atrás, como los “chinos”. 




Así podemos descubrir una sonrisa auténtica de una que no lo es: la falsa solo suele utilizar los de los labios, como cuando el fotógrafo nos hace decir: “Luíiiiiiiissss…” o “patata…” 



            Volviendo al tema, tal vez tenga tan buena acogida una amplia sonrisa porque es signo de franqueza. Una sonrisa auténtica está diciendo claramente: “No soy ninguna amenaza”. De hecho, es un signo de sumisión, por eso los hombres duros no sonríen nunca (me estoy acordando de Clint Eastwood y  de Harry, el sucio…).




 Eso nos indica  que tampoco es cuestión de pasarse de la raya, no vaya a ser que con tanta sonrisa parezcas un mono asustado, ¡un chimpancé, vamos! O que acabes con una sonrisa nerviosa y perenne,  de sumisión neurótica, tipo Woody Allen…



            Pero mi hijo quiso saber qué venía después de la sonrisa…

-Entonces hay que acercarse y abordarla. ¡No lo dudes! Después de su segunda mirada, te acercas con elegancia y la abordas…
-¡Pues ahí quería llegar yo! ¿Y qué le digo? ¿Cómo le entras?
-Eso no tiene demasiada importancia. Piensa que el 93 % del impacto del mensaje lo transmites con tu lenguaje no verbal. ¡Tan sólo el 7 % llega a través de las palabras!
-¡Hostia! ¿Pero de todas maneras, algo tendré que decirle?
-¡Claro, pero es lo de menos! Siempre puedes probar con un piropo: fíjate en algún detalle de ella y del ambiente y relaciónalo con alguna gracia…
-¿A ver, a ver…?
-Por ejemplo, podrías decir: “Me habían dicho que aquí hacían un concierto, y por eso he venido… Pero lo que no sabía es que habían “tías” tan guapas…”
Mi hijo desplegó espontáneamente una sonrisa auténtica que iluminó su faz en un instante. A continuación,  me pidió que improvisara otro ejemplo.
-Bueno, podrías probar con algo más sofisticado, algo original…
-¿Cómo qué?
-No sé, quizá algo así como… “Me estaba quedando hipnotizado con el reflejo que  los focos del escenario hacen en tu piercing del ombligo… …” Y si sonríe, pues continúa…
-¿Cómo?  
-Pues,  por ejemplo: “… pero al final me he dado cuenta de que lo que me estaba hipnotizando de verdad… ¡era tu ombligo!
-¡No está mal! Pero me dijiste que habían tres claves: la mirada, la sonrisa y…
-¡El beso! Si llevas a la práctica todo lo que te he dicho… ya casi lo tienes a punto de caramelo.



            Mi hijo se fue la mar de contento a un concierto de ska y yo volví a los arpegios bajo las estrellas… y a seguir tarareando: “Te recuerdo Amanda/ la sonrisa amplia/ no importaba nada/ ibas a encontrarte con él…”


Escrito por:Lauren Sangall Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Premia de Mar -Barcelona-      T. 93 751 63 54      e-mail: laurensangall@gmail.com 

lunes, 29 de julio de 2013

“El sentido heroico de la vida” (2ª. parte) (¿Sísifo o Parsifal?)



















En la primera parte de este artículo hacía referencia a algunos “efectos colaterales” que ha venido produciendo la evolución de la sociedad: la llamada “dialéctica del progreso”, la cual va dándose de morros con obstáculos imprevistos, contratiempos, sorpresas y contradicciones.

Es cierto que cada vez se va logrando una tecnología más sofisticada en nuestra vida cotidiana, al abasto de todo el mundo, pero esta extraordinaria abundancia de recursos, en el fondo, no conlleva aparejada un verdadero aumento de satisfacción psicológica, de plenitud y de realización personal. En resumen: ahora vivimos más tiempo y más cómodos pero no somos, necesariamente, más felices.


Una explicación para ello estaría relacionado con nuestro alejamiento de lo profundo, con nuestro olvido de “lo sagrado”. Y es que nuestro rango de “humano” no puede realizarse plenamente si nos reducimos meramente al ámbito de lo físico, de lo material, por más pletórico y colmado que este se nos ofrezca. El ser humano necesita expresarse en lo emocional, en lo mental… y en lo espiritual. La experiencia humana reclama un mundo simbólico donde explayarse y, de esta forma, ir descubriendo un trasfondo sagrado en todo lo aparentemente profano.




Deepak Chopra, pionero de la medicina mente-cuerpo, el “poeta-profeta de la medicina alternativa”, como lo definió la revista Time, escribió la siguiente reflexión: “Dentro de cada ser humano existe un tema expansivo, un molde para una vida heroica, un dios o una diosa embrionarios que desean nacer. Este es nuestro destino, el yo que nos negamos porque la mayoría no somos capaces de ver el campo de potencial ilimitado que está abierto para todos. Este es nuestro mejor yo, el yo que no tiene ego, ese pequeño fragmento de Universo que actúa a través de nosotros para el bien de todos.”



Conectar con el sentimiento heroico de la vida implica el requisito de bucear en nuestro interior y preguntarnos: “¿Quién soy…?” “¿Qué quiero?” “¿Cuál es el propósito de mi existencia?” Hemos de reconocer a los arquetipos con los cuales estamos resonando: los temas perennes que están delineando e imponiendo un modelo de guión a nuestras vidas.



Entre ellos, existen dos personajes míticos que nos ofrecen dos visiones antagónicas de la existencia: Uno es Sísifo, la víctima de lo profano y lo absurdo. El otro es Parsifal: el héroe.

El mito cuenta que Sísifo fue condenado por los dioses a subir un grandísima piedra hasta la cima de una montaña, con la peculiaridad de que al realizar el último esfuerzo, para depositar la pesada roca en la cumbre… Sísifo resbalaba y la piedra caía rodando hasta abajo del todo… para tener que volver a comenzar de nuevo… Esta secuencia habría de repetirse por toda la Eternidad…

En cambio, Parsifal representa al prototipo de héroe inspirado por la realización de una misión transcendente: la búsqueda del Santo Grial.



Tener a estos arquetipos bien presentes, como referentes, nos puede ayudar a conectar con un propósito en nuestras vidas y así llenarlas de sentido.

Habremos de estar atentos por si caemos bajo la influencia del Arquetipo de Sísifo y saber reconocer cuando hayamos entrado en ese bucle existencial que nos iría extenuando. No tanto  por el arduo esfuerzo de la tarea sino por el absurdo, por la futilidad de la misma.

Al mismo tiempo, las referencias al sentimiento heroico de la vida pueden servirnos de ayuda para salirnos cuanto antes de ese asqueo existencial, de esa rutina profana a la que nos encadena Sísifo, e intentar transcenderla con la inspiración de Parsifal, donde la búsqueda del Grial viene a representar a todo aquello por lo que vale la pena luchar y plantar cara al “buen combate” de cada día, encontrando, de esta forma, una voluntad de sentido.



Como escribiría Victor Frankl: ”En realidad, no importa lo que esperamos de la vida, sino, qué espera la vida de nosotros.” Diríamos, pues, que en  la dialéctica hombre-vida, es la vida la que interroga y es el hombre al que le toca responder (justamente lo contrario de lo que vulgarmente se pretende siempre).  Cuando a través de la inquisición del dolor el hombre responde con dignidad, con amor y con servicio, el ser humano encuentra el sentido que yacía oculto en aquella circunstancia y, a través de su elección resiliente le ofrece su respuesta a la Vida, la hace evolucionar y avanzar hacia su transcendencia.

Escrito por:Lauren Sangall Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Premia de Mar -Barcelona-      T. 93 751 63 54      e-mail: laurensangall@gmail.com 

miércoles, 17 de julio de 2013

(“El sentimiento heroico de la vida”) (1ª. Parte) (“Lo sagrado y lo profano.”)






            Los extraordinarios avances científicos y tecnológicos de la modernidad han traído el confort a nuestras vidas, así como la información a raudales sobre cualquier tema, dato o evento acontecido en nuestro mundo… e incluso más allá. Pero al mismo tiempo, también es cierto que nos han aplastado con su reduccionismo materialista, el cual nos ha dejado melancólicos y aburridos, contemplando la vida con una mirada vacía y fútil: es la visión desangelada y chata del mundo. Una “visión profana”.


            A la habitual repugnancia del ser humano por el esfuerzo, actualmente hay que añadírsele, además, tres nuevos factores deprimentes: el escapismo consumista, la adicción a las ”pseudo-relaciones en las redes sociales y el desencanto ante el rotundo fracaso de lo social.




            Podríamos decir que la fatiga física se ha tornado en fatiga psicológica: no estamos tan cansados físicamente como asqueados existencialmente. Todo ello, bien combinado, forman un auténtico cocktail Molotov que puede acabar por dinamitar cualquier atisbo que pudiera quedarnos del “sentimiento heroico de la vida”.

            Porque la vida cada uno la vive como puede, pero en el fondo sólo hay dos formas de hacerlo, o mejor expresado: “desde dónde hacerlo”. Y estas son desde lo profano o desde lo sagrado. Pues lo “sagrado” y lo “profano” representan  dos modalidades de estar en el mundo.

            Esto puede ser así porque los humanos no somos simples animales, sino que somos, además, seres simbólicos. Vivimos en un mundo físico, ¡desde luego!, pero lo hacemos persiguiendo continuamente símbolos, desentrañando las esencias… Hasta los más mínimos gestos que hago con las manos mientras estoy hablando no son simplemente movimientos físicos, sino que van expresando conceptos, ideas… que acompañan y completan mi discurso… La típica adolescente, tras el lucimiento de su look a la última moda, lo que intenta es reforzar su Autoestima buscando la Aprobación del Grupo… y el joven machito haciendo rugir y levantando su motocicleta entre las piernas pretende afirmar el Brío y la Potencia de su Virilidad…




            …A través de una flor descubrimos la Belleza… un amanecer junto al mar nos inspira Inocencia y Esperanza… cuando el sol resplandece al mediodía: Vitalidad y Poder… mientras que la puesta del astro Febo, en la hecatombe de la tarde… nos habla de Entrega… de Rendición y de Paz…  Sin embargo, por millones de caballos que hayan galopado por las infinitas praderas, ninguno ha podido nunca pararse a contemplar el horizonte y expresar: “¡Señor, cuanta grandeza!” Y desde siempre parece ser que los lobos han aullado en las noches de plenilunio, y seguramente seguirán haciéndolo… pero por mucho que eleven y dirijan su hocico hacia la luna no se darán cuenta jamás de que esos múltiples puntos de luz… son otros mundos ¡Incontables mundos lejanos! Y nunca, nunca llegarán  a decir: “¡Dios mío, qué inmensidad!”




            ¡Las cosas son así! Pero lo triste es que a nosotros, los humanos, llegue a pasarnos algo parecido. Ellas, pobres bestias, no pueden hacer más: su conciencia es demasiado limitada. Sin embargo, nuestro rango de homo sapiens (“hombre que sabe”) nos reclama el “darnos cuenta”, el tomar conciencia… el salir de lo “profano” y descubrir lo “sagrado”.

            Cuando lo sagrado se manifiesta, el objeto se convierte en otra cosa, sin dejar de ser el mismo. El objeto o la acción se consagra y se transforma en una experiencia mítica, arquetípica y heroica… entonces es cuando fregar los platos y barrer la casa se elevan a la categoría de rituales sagrados que nos dignifican… y el coger el coche o la moto para ir al trabajo se transforman en subir al leal corcel para emprender la heroica misión de la jornada… Entrando en lo simbólico todo puede convertirse   en una experiencia sagrada… pero desde lo profano, todo acaba en simples y repetidas rutinas y procesos orgánicos.




            Con la consagración de la vida, vamos transformando simbólicamente el universo: del caos al cosmos. Y con ello vamos haciendo “nuestro” el mundo, convirtiéndolo, para nosotros, en un espacio renovado, en un espacio recreado. Para entrar en lo sagrado necesitamos abrirnos al Misterio e irnos entregando a la profundidad de la Existencia, lo cual nos lleva del reino de la Cantidad al de la Cualidad, de lo Horizontal a lo Vertical, de la Velocidad a la Intensidad y de la Multiplicidad a la Unidad.

            Y en cualquier caso, en una sociedad de la irreverencia y la profanación, lo sagrado es ganar dignidad. Y, por si fuera poco, lo Sagrado ni juzga, ni condena, ni prohíbe… sino que tan sólo bendice.

                           (Continuará en el próximo post.)


Escrito por:Lauren Sangall Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Premia de Mar -Barcelona-      T. 93 751 63 54      e-mail: laurensangall@gmail.com 

lunes, 1 de julio de 2013

“El Despertar de la Conciencia: el Propósito Interior.”




      El acceso a estados más elevados de conciencia comienza con la percatación de una inquietud de fondo, de una insatisfacción, de una especie de vacío que reclama colmarse: es la llamada interna: el susurro subrepticio de una Presencia interior.

         Todas las personas iniciadas en trabajos de interiorización psicológica y meditación se han topado, insistentemente, con el tema de la Presencia, aunque los autores, y maestros de las diferentes escuelas suelen usar nombres diversos para referirse a este fenómeno y elemento fundamental. Es así que podemos encontrarnos con expresiones como “el testigo interior”, “el verdadero Yo”, “la conciencia testigo”, “el recuerdo de sí”, “estar consciente”, “el ojo del Yo”, “el tercer ojo”… etc., para referirse, en la mayoría de los casos, a una experiencia equivalente y que se fundamenta en la invocación y la experimentación de un estado de presencia interna.




            Es difícil expresar con palabras en qué consiste exactamente este “fenómeno” de la Presencia, ya que precisamente podría decirse que se trata de una “fuente de atención NO fenoménica”… pero como dijera el poeta, refiriéndose en aquel caso al tema del amor: “Quién lo vivió… lo sabe.”

            Lo primero que podría tenerse en cuenta, en el camino del despertar sería el intentar recordar momentos “especiales” que hayamos podido experimentar de forma espontánea en nuestras vidas: nuestros “momentos cumbres”, o cuando menos nuestros “momentos más elevados” que podamos  evocar en nuestra historia personal. Me estoy refiriendo a aquellos episodios concretos, a modo de escenas o instantes que hayamos vivido, en alguna ocasión, y en los que nos llegamos a sentir radiantes, o incluso conmocionados por la intensidad de la vivencia.


            Esto puede producirse con cierta facilidad ante situaciones insólitas que hayamos vivido. También, cuando nos encontramos en lugares novedosos, extraños, lejanos, legendarios, exóticos… En esos momentos, solemos captar más intensamente la existencia. Incluso podemos llegar a admirarnos o a asombrarnos, lo cual puede reflejarse en un pensamiento que nos asalta, diciéndonos a nosotros mismos algo así como: “!Yo…aquí!”


            Esta evocación nos puede facilitar el reconocimiento de que apenas solemos vivir unos pocos momentos de nuestra vida con este grado de intensidad, pero que, sin embargo… ¡es algo que existe! Y por lo tanto sería magnífico mantenernos de forma permanente en este nivel de percepción radiante. De esta manera, nos beneficiaríamos del vigor, el entusiasmo y el asombro que le acompañan.

            A partir de aquí, podemos comprender y constatar que nuestra vida, de forma ordinaria, suele transcurrir con una intensidad muy débil comparada con estos momentos inspirados. Nos daremos cuenta, entonces, que vivimos somnolientos y apagados. Que actuamos de forma mecanizada, atrapados por las inercias y la rutina. En una palabra: vivimos dormidos. La conciencia vigil o nuestro nivel ordinario de conciencia no es más que otra fase del sueño. Un sueño con ojos abiertos… pero sueño al fin. Un sueño deambulante, como sonámbulos diurnos. Expresado de una manera punzante, podríamos decir que arrastramos una existencia robótica… en un planeta de zombies.




            Si asimilamos profundamente esta idea, si la llegamos a entender y a reconocer, el siguiente paso consistirá en desear despertar (“Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte…”). Un deseo profundo, un anhelo existencial que nos llega desde el entendimiento de esta condición penosa: la de vivir “en sordina”, narcotizados y perdidos en el sueño. ¡Una triste paradoja, pues vivimos creyéndonos despiertos y conscientes, cuando en realidad permanecemos atrapados en un trance colectivo, igual que Neo en la célebre película Matrix!

            Este anhelo habrá de convertirse en un compromiso con uno mismo: “Yo quiero descubrir la Verdad”, “yo quiero ser consciente”,  “yo quiero despertar”. Y a partir del mismo, repetirse una y otra vez, como decía Gurdjieff: “yo quiero recordarme a mí mismo”. Repetirnos esta declaración a modo de afirmación inspiradora, de promesa, de mantra… es fundamental para ir creando un “centro de gravedad”, un propósito interior que llegue a convertirse en un auténtico centro magnético.


Este centro de gravedad interior nos podrá ir abriendo la conciencia, como un faro en la noche, dirigiendo nuestra voluntad de atención. Con este centro magnético podremos ir dirigiendo y enfocando nuestra atención de forma más libre y voluntaria, a partir de este compromiso existencial, que se convierte en nuestro objetivo central: “Yo quiero ser consciente”, “Yo quiero despertar”.

Si pudiéramos diseñar un método práctico para el despertar de la conciencia diríamos que este es, precisamente,  el punto previo e indispensable para todo buscador: la creación de un “centro magnético”  realimentando con ahínco nuestro propósito interior.




 ¿Y tú? 

¿Y a tí? ¿Te interesa la Verdad…? ¿Tú quieres despertar?



Escrito por:Lauren Sangall Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Premia de Mar -Barcelona-     

 T. 93 751 63 54      e-mail: laurensangall@gmail.com 

lunes, 17 de junio de 2013

“La Fuerza de Voluntad” (4ª. Parte) (“El Yo cristalizado”).








    A aquellos que me hayan seguido en los tres artículos anteriores, dedicados a la Fuerza de Voluntad, probablemente a estas alturas les resulte ya familiar y hasta factible el cuestionarse la realidad (o irrealidad) de nuestra presupuesta conciencia, y nuestra presupuesta libertad, para ejercer una genuina fuerza de voluntad.

            La primera condición indiscutible que ha de cumplirse para que pueda manifestarse una voluntad es que exista alguien que la ejerza. Es decir: un centro director, un Yo libre, consciente e incondicionado que pueda expresarla. Dicho en otras palabras: el autor responsable de dicha voluntad. Pero no suele ser este nuestro caso, ni de lejos, pues de ordinario, lo que consideramos nuestro Yo, en realidad está fragmentado en múltiples “yoes de turno”. “Yoes” para cada ocasión, que se suelen liberar o activar de forma automática, provocados por los estímulos de la situación, ante los cuales suelen saltar como un resorte, dominando nuestra conducta.




            Y lo peor resulta ser que caemos fascinados ante esta actuación, la cual creemos  que es fruto de “nuestra voluntad”.

            Así pues, nos identificamos sin darnos cuenta con las reacciones de nuestra “máquina biológica”, ya sean acciones físicas, reacciones emocionales o pensamientos. Y con el conjunto de todas ellas vamos construyendo nuestra identidad, sin sospechar ni por asomo de que se trata de una falsa identidad, de un personaje contingente, circunstancial y prácticamente virtual.

            Nuestro apreciado (o, a veces, despreciado y vapuleado) “Yo”, no es tal, sino tan sólo un mosaico poliédrico de esquemas “arquetípicos”, inoculados en nuestra mente, al que también se le suele denominar en múltiples textos como “el Ego”: ciego, sonámbulo, disperso, irresponsable y, como diría Gurdjieff, a merced de “las fuerzas cósmicas”.


            ¡Pero no todo está perdido!

            Nos queda algo que puede ser usado para nuestra salvación, igual que en la mítica Caja de Pandora. Pero aquí no se trata de aludir al romanticismo de la esperanza, sino de trabajar con algo más concreto y practicable: se trata de un punto de voluntad que sí que tenemos a nuestra disposición. ¡Lo único que poseemos! Estoy hablando de la Voluntad de Atención.

            La puesta en marcha de la Atención Consciente es la base de todas las Escuelas de Meditación, desde las escuelas esotéricas de desarrollo espiritual a las propuestas psicológicas modernas sobre la Autorrealización; desde el Zen a la Psicología Transpersonal, de la meditación Budista al Trabajo sobre Sí mismo, de la Guestalt al Mindfulness, de la Conciencia Corporal a la Atención Plena…

            ¡Pon atención consciente en tu vida! Comienza por poner atención a tus gestos corporales. Comienza siempre por el cuerpo. Date cuenta de todos tus movimientos. ¡Trabaja con eso! Fíjate en los automatismos motores, en tus movimientos corporales que sueles hacer de forma automática…  Hagas lo que hagas, estés donde estés… deja siempre un poquito de atención retenida en tu propio cuerpo, deja un poquito de atención dentro de ti… fijándote en tus gestos, en tus posturas, en tus movimientos…. Y no digo que te corrijas, sólo que te observes…


            Poco a poco, este foco de atención centrada, si lo mantienes, se irá concentrando más, irá aumentando su energía y se irá cristalizando. Se irá creando un centro cristalizado del Yo: un Yo cristalizado. Y dentro de él, un día comenzarás a sentir, poco a poco, una presencia. ¡La presencia de tu propia esencia!

            Este es el camino para ganarse el alma.


Escrito por:Lauren Sangall Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Premia de Mar -Barcelona-     

 T. 93 751 63 54      e-mail: laurensangall@gmail.com 

lunes, 3 de junio de 2013

La Fuerza de Voluntad (3º. Parte) ("Los yoes de turno")



Lo que se suele conocer por voluntad, en la práctica, generalmente, no es más que el resultado de la sumativa de todos nuestros deseos dispersos e impulsos de todo tipo.

Semejante combinación de sumas y restas de atracciones y repulsiones, de anhelos mayores y motivaciones menores… permite en algunas ocasiones seguir una línea definida  de acción, aunque, por lo general, sólo de forma temporal, cuando no fugaz, pues en la mayoría de los casos, el resultante de semejante ecuación ni siquiera nos posibilita alcanzar esa línea actitudinal, más o menos definida,  debido al conflicto de deseos enfrentados que tiran cada uno por su lado. Todo ello acaba por cerrarnos el acceso a cualquier decisión cristalizada.



Si observamos la procedencia de la palabra “voluntad” veremos que deriva del verbo latino: “volo”, que significa “querer, desear” (en catalán: voler). La voluntad sería una facultad superior del ser humano a través de la cual ejerceríamos un “querer”, una “querencia” intencional hacia algo. Esto es lo que nos diferenciaría del resto del mundo animal: esta separación de lo instintivo, del reflejo automático, para decidir nuestros actos de forma intencional y “voluntaria”, y por lo tanto… libre. Curiosamente, en ruso, voluntad se dice igual que libertad.

Así pues, “voluntad” es aquello que uno quiere de forma libre e intencional. Pero el tema es que, de entrada, el hombre (como diría Gurdjieff), psicológicamente, no es uno sino que se cree uno. Es decir: psicológicamente, el hombre no es uno… sino mil y uno.



La utilización del pronombre personal Yo nos proporciona una “ilusión de unidad” “¿Quién dice esto? Yo. ¿Quién hace eso? Yo. ¿Quién quiere lo otro? Yo.” Siempre “yo”, pero en realidad no siempre es el mismo yo, pues resulta que tenemos muchos “yoes” (“los estados del Yo”, “las partes del Self” “el Ego poliédrico”… las diferentes escuelas hablan de lo mismo utilizando nombres diferentes). La cuestión es que nuestro “Yo”, por lo general, aún no está cristalizado, Nuestro “Yo” es como un puzle de mil piezas, aún sin ensamblar, todas desparramadas sobre la mesa… Y para colmo, cada una se inviste con “cierta vida propia”, con cierta “energía” que las hiciera saltar e imponerse, temporalmente, cuando son aguijoneadas por los estímulos del exterior, por las diferentes situaciones que aparecen en nuestra vida.



Ante cada situación concreta, salta a escena una de estas “piezas” o “partes de mí”… pero no se trata de mí, en forma integral. Es decir: no soy “Yo” realmente, en el sentido voluntario y libre, sino que tan sólo es un “Yo de turno”, una especie de “Arquetipo”. Arquetipos que tenemos  archivados en nuestra mente, como si fueran unos programas informáticos que se abrieran de repente (el estímulo ambiental representaría al mouse clicando sobre el icono). Al abrirse el “programa”, este nos activa, de forma automática, una forma de reaccionar. Así es como salen “El Yo Enfadado”, el “Yo Asustado”, el “Yo Triste”, el “Yo Orgulloso”, el “Yo Enteradillo”, el “Yo Qué Sabía”, el “Yo Pobre de Mí”, el “Yo Nadie me Entiende”, el “Yo a Mí qué me Importa”, el “Yo Ahora se van a Enterar” o el Yo… mil cosas más…


Cada “Yo de turno” tan sólo es un Yo parcial, un fragmento de la mente, pero que al activarse se cree el auténtico rey, y nos usurpa la “voluntad”. ¡Incluso la identidad! Pues mientras tanto, nuestro ser real permanece “dormido”.


Los yoes de turno se entremezclan continuamente, nos tiranizan y nos secuestran manteniéndonos abducidos. De esta manera, vamos arrastrando una existencia impropia, hueca, poseídos por los yoes de turno, como si de auténticos espíritus o entidades invisibles se trataran, que ocupan, utilizan y dirigen nuestros cuerpos y nuestras mentes. Una existencia que, a decir verdad, resulta ser mucho más propia de sonámbulos y de zombies que de hombres libres, dotados de conciencia y de voluntad.


Escrito por:Lauren Sangall Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Premia de Mar -Barcelona-     
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