miércoles, 17 de julio de 2013

(“El sentimiento heroico de la vida”) (1ª. Parte) (“Lo sagrado y lo profano.”)






            Los extraordinarios avances científicos y tecnológicos de la modernidad han traído el confort a nuestras vidas, así como la información a raudales sobre cualquier tema, dato o evento acontecido en nuestro mundo… e incluso más allá. Pero al mismo tiempo, también es cierto que nos han aplastado con su reduccionismo materialista, el cual nos ha dejado melancólicos y aburridos, contemplando la vida con una mirada vacía y fútil: es la visión desangelada y chata del mundo. Una “visión profana”.


            A la habitual repugnancia del ser humano por el esfuerzo, actualmente hay que añadírsele, además, tres nuevos factores deprimentes: el escapismo consumista, la adicción a las ”pseudo-relaciones en las redes sociales y el desencanto ante el rotundo fracaso de lo social.




            Podríamos decir que la fatiga física se ha tornado en fatiga psicológica: no estamos tan cansados físicamente como asqueados existencialmente. Todo ello, bien combinado, forman un auténtico cocktail Molotov que puede acabar por dinamitar cualquier atisbo que pudiera quedarnos del “sentimiento heroico de la vida”.

            Porque la vida cada uno la vive como puede, pero en el fondo sólo hay dos formas de hacerlo, o mejor expresado: “desde dónde hacerlo”. Y estas son desde lo profano o desde lo sagrado. Pues lo “sagrado” y lo “profano” representan  dos modalidades de estar en el mundo.

            Esto puede ser así porque los humanos no somos simples animales, sino que somos, además, seres simbólicos. Vivimos en un mundo físico, ¡desde luego!, pero lo hacemos persiguiendo continuamente símbolos, desentrañando las esencias… Hasta los más mínimos gestos que hago con las manos mientras estoy hablando no son simplemente movimientos físicos, sino que van expresando conceptos, ideas… que acompañan y completan mi discurso… La típica adolescente, tras el lucimiento de su look a la última moda, lo que intenta es reforzar su Autoestima buscando la Aprobación del Grupo… y el joven machito haciendo rugir y levantando su motocicleta entre las piernas pretende afirmar el Brío y la Potencia de su Virilidad…




            …A través de una flor descubrimos la Belleza… un amanecer junto al mar nos inspira Inocencia y Esperanza… cuando el sol resplandece al mediodía: Vitalidad y Poder… mientras que la puesta del astro Febo, en la hecatombe de la tarde… nos habla de Entrega… de Rendición y de Paz…  Sin embargo, por millones de caballos que hayan galopado por las infinitas praderas, ninguno ha podido nunca pararse a contemplar el horizonte y expresar: “¡Señor, cuanta grandeza!” Y desde siempre parece ser que los lobos han aullado en las noches de plenilunio, y seguramente seguirán haciéndolo… pero por mucho que eleven y dirijan su hocico hacia la luna no se darán cuenta jamás de que esos múltiples puntos de luz… son otros mundos ¡Incontables mundos lejanos! Y nunca, nunca llegarán  a decir: “¡Dios mío, qué inmensidad!”




            ¡Las cosas son así! Pero lo triste es que a nosotros, los humanos, llegue a pasarnos algo parecido. Ellas, pobres bestias, no pueden hacer más: su conciencia es demasiado limitada. Sin embargo, nuestro rango de homo sapiens (“hombre que sabe”) nos reclama el “darnos cuenta”, el tomar conciencia… el salir de lo “profano” y descubrir lo “sagrado”.

            Cuando lo sagrado se manifiesta, el objeto se convierte en otra cosa, sin dejar de ser el mismo. El objeto o la acción se consagra y se transforma en una experiencia mítica, arquetípica y heroica… entonces es cuando fregar los platos y barrer la casa se elevan a la categoría de rituales sagrados que nos dignifican… y el coger el coche o la moto para ir al trabajo se transforman en subir al leal corcel para emprender la heroica misión de la jornada… Entrando en lo simbólico todo puede convertirse   en una experiencia sagrada… pero desde lo profano, todo acaba en simples y repetidas rutinas y procesos orgánicos.




            Con la consagración de la vida, vamos transformando simbólicamente el universo: del caos al cosmos. Y con ello vamos haciendo “nuestro” el mundo, convirtiéndolo, para nosotros, en un espacio renovado, en un espacio recreado. Para entrar en lo sagrado necesitamos abrirnos al Misterio e irnos entregando a la profundidad de la Existencia, lo cual nos lleva del reino de la Cantidad al de la Cualidad, de lo Horizontal a lo Vertical, de la Velocidad a la Intensidad y de la Multiplicidad a la Unidad.

            Y en cualquier caso, en una sociedad de la irreverencia y la profanación, lo sagrado es ganar dignidad. Y, por si fuera poco, lo Sagrado ni juzga, ni condena, ni prohíbe… sino que tan sólo bendice.

                           (Continuará en el próximo post.)


Escrito por:Lauren Sangall Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Premia de Mar -Barcelona-      T. 93 751 63 54      e-mail: laurensangall@gmail.com 

lunes, 1 de julio de 2013

“El Despertar de la Conciencia: el Propósito Interior.”




      El acceso a estados más elevados de conciencia comienza con la percatación de una inquietud de fondo, de una insatisfacción, de una especie de vacío que reclama colmarse: es la llamada interna: el susurro subrepticio de una Presencia interior.

         Todas las personas iniciadas en trabajos de interiorización psicológica y meditación se han topado, insistentemente, con el tema de la Presencia, aunque los autores, y maestros de las diferentes escuelas suelen usar nombres diversos para referirse a este fenómeno y elemento fundamental. Es así que podemos encontrarnos con expresiones como “el testigo interior”, “el verdadero Yo”, “la conciencia testigo”, “el recuerdo de sí”, “estar consciente”, “el ojo del Yo”, “el tercer ojo”… etc., para referirse, en la mayoría de los casos, a una experiencia equivalente y que se fundamenta en la invocación y la experimentación de un estado de presencia interna.




            Es difícil expresar con palabras en qué consiste exactamente este “fenómeno” de la Presencia, ya que precisamente podría decirse que se trata de una “fuente de atención NO fenoménica”… pero como dijera el poeta, refiriéndose en aquel caso al tema del amor: “Quién lo vivió… lo sabe.”

            Lo primero que podría tenerse en cuenta, en el camino del despertar sería el intentar recordar momentos “especiales” que hayamos podido experimentar de forma espontánea en nuestras vidas: nuestros “momentos cumbres”, o cuando menos nuestros “momentos más elevados” que podamos  evocar en nuestra historia personal. Me estoy refiriendo a aquellos episodios concretos, a modo de escenas o instantes que hayamos vivido, en alguna ocasión, y en los que nos llegamos a sentir radiantes, o incluso conmocionados por la intensidad de la vivencia.


            Esto puede producirse con cierta facilidad ante situaciones insólitas que hayamos vivido. También, cuando nos encontramos en lugares novedosos, extraños, lejanos, legendarios, exóticos… En esos momentos, solemos captar más intensamente la existencia. Incluso podemos llegar a admirarnos o a asombrarnos, lo cual puede reflejarse en un pensamiento que nos asalta, diciéndonos a nosotros mismos algo así como: “!Yo…aquí!”


            Esta evocación nos puede facilitar el reconocimiento de que apenas solemos vivir unos pocos momentos de nuestra vida con este grado de intensidad, pero que, sin embargo… ¡es algo que existe! Y por lo tanto sería magnífico mantenernos de forma permanente en este nivel de percepción radiante. De esta manera, nos beneficiaríamos del vigor, el entusiasmo y el asombro que le acompañan.

            A partir de aquí, podemos comprender y constatar que nuestra vida, de forma ordinaria, suele transcurrir con una intensidad muy débil comparada con estos momentos inspirados. Nos daremos cuenta, entonces, que vivimos somnolientos y apagados. Que actuamos de forma mecanizada, atrapados por las inercias y la rutina. En una palabra: vivimos dormidos. La conciencia vigil o nuestro nivel ordinario de conciencia no es más que otra fase del sueño. Un sueño con ojos abiertos… pero sueño al fin. Un sueño deambulante, como sonámbulos diurnos. Expresado de una manera punzante, podríamos decir que arrastramos una existencia robótica… en un planeta de zombies.




            Si asimilamos profundamente esta idea, si la llegamos a entender y a reconocer, el siguiente paso consistirá en desear despertar (“Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte…”). Un deseo profundo, un anhelo existencial que nos llega desde el entendimiento de esta condición penosa: la de vivir “en sordina”, narcotizados y perdidos en el sueño. ¡Una triste paradoja, pues vivimos creyéndonos despiertos y conscientes, cuando en realidad permanecemos atrapados en un trance colectivo, igual que Neo en la célebre película Matrix!

            Este anhelo habrá de convertirse en un compromiso con uno mismo: “Yo quiero descubrir la Verdad”, “yo quiero ser consciente”,  “yo quiero despertar”. Y a partir del mismo, repetirse una y otra vez, como decía Gurdjieff: “yo quiero recordarme a mí mismo”. Repetirnos esta declaración a modo de afirmación inspiradora, de promesa, de mantra… es fundamental para ir creando un “centro de gravedad”, un propósito interior que llegue a convertirse en un auténtico centro magnético.


Este centro de gravedad interior nos podrá ir abriendo la conciencia, como un faro en la noche, dirigiendo nuestra voluntad de atención. Con este centro magnético podremos ir dirigiendo y enfocando nuestra atención de forma más libre y voluntaria, a partir de este compromiso existencial, que se convierte en nuestro objetivo central: “Yo quiero ser consciente”, “Yo quiero despertar”.

Si pudiéramos diseñar un método práctico para el despertar de la conciencia diríamos que este es, precisamente,  el punto previo e indispensable para todo buscador: la creación de un “centro magnético”  realimentando con ahínco nuestro propósito interior.




 ¿Y tú? 

¿Y a tí? ¿Te interesa la Verdad…? ¿Tú quieres despertar?



Escrito por:Lauren Sangall Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Premia de Mar -Barcelona-     

 T. 93 751 63 54      e-mail: laurensangall@gmail.com 

lunes, 17 de junio de 2013

“La Fuerza de Voluntad” (4ª. Parte) (“El Yo cristalizado”).








    A aquellos que me hayan seguido en los tres artículos anteriores, dedicados a la Fuerza de Voluntad, probablemente a estas alturas les resulte ya familiar y hasta factible el cuestionarse la realidad (o irrealidad) de nuestra presupuesta conciencia, y nuestra presupuesta libertad, para ejercer una genuina fuerza de voluntad.

            La primera condición indiscutible que ha de cumplirse para que pueda manifestarse una voluntad es que exista alguien que la ejerza. Es decir: un centro director, un Yo libre, consciente e incondicionado que pueda expresarla. Dicho en otras palabras: el autor responsable de dicha voluntad. Pero no suele ser este nuestro caso, ni de lejos, pues de ordinario, lo que consideramos nuestro Yo, en realidad está fragmentado en múltiples “yoes de turno”. “Yoes” para cada ocasión, que se suelen liberar o activar de forma automática, provocados por los estímulos de la situación, ante los cuales suelen saltar como un resorte, dominando nuestra conducta.




            Y lo peor resulta ser que caemos fascinados ante esta actuación, la cual creemos  que es fruto de “nuestra voluntad”.

            Así pues, nos identificamos sin darnos cuenta con las reacciones de nuestra “máquina biológica”, ya sean acciones físicas, reacciones emocionales o pensamientos. Y con el conjunto de todas ellas vamos construyendo nuestra identidad, sin sospechar ni por asomo de que se trata de una falsa identidad, de un personaje contingente, circunstancial y prácticamente virtual.

            Nuestro apreciado (o, a veces, despreciado y vapuleado) “Yo”, no es tal, sino tan sólo un mosaico poliédrico de esquemas “arquetípicos”, inoculados en nuestra mente, al que también se le suele denominar en múltiples textos como “el Ego”: ciego, sonámbulo, disperso, irresponsable y, como diría Gurdjieff, a merced de “las fuerzas cósmicas”.


            ¡Pero no todo está perdido!

            Nos queda algo que puede ser usado para nuestra salvación, igual que en la mítica Caja de Pandora. Pero aquí no se trata de aludir al romanticismo de la esperanza, sino de trabajar con algo más concreto y practicable: se trata de un punto de voluntad que sí que tenemos a nuestra disposición. ¡Lo único que poseemos! Estoy hablando de la Voluntad de Atención.

            La puesta en marcha de la Atención Consciente es la base de todas las Escuelas de Meditación, desde las escuelas esotéricas de desarrollo espiritual a las propuestas psicológicas modernas sobre la Autorrealización; desde el Zen a la Psicología Transpersonal, de la meditación Budista al Trabajo sobre Sí mismo, de la Guestalt al Mindfulness, de la Conciencia Corporal a la Atención Plena…

            ¡Pon atención consciente en tu vida! Comienza por poner atención a tus gestos corporales. Comienza siempre por el cuerpo. Date cuenta de todos tus movimientos. ¡Trabaja con eso! Fíjate en los automatismos motores, en tus movimientos corporales que sueles hacer de forma automática…  Hagas lo que hagas, estés donde estés… deja siempre un poquito de atención retenida en tu propio cuerpo, deja un poquito de atención dentro de ti… fijándote en tus gestos, en tus posturas, en tus movimientos…. Y no digo que te corrijas, sólo que te observes…


            Poco a poco, este foco de atención centrada, si lo mantienes, se irá concentrando más, irá aumentando su energía y se irá cristalizando. Se irá creando un centro cristalizado del Yo: un Yo cristalizado. Y dentro de él, un día comenzarás a sentir, poco a poco, una presencia. ¡La presencia de tu propia esencia!

            Este es el camino para ganarse el alma.


Escrito por:Lauren Sangall Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Premia de Mar -Barcelona-     

 T. 93 751 63 54      e-mail: laurensangall@gmail.com 

lunes, 3 de junio de 2013

La Fuerza de Voluntad (3º. Parte) ("Los yoes de turno")



Lo que se suele conocer por voluntad, en la práctica, generalmente, no es más que el resultado de la sumativa de todos nuestros deseos dispersos e impulsos de todo tipo.

Semejante combinación de sumas y restas de atracciones y repulsiones, de anhelos mayores y motivaciones menores… permite en algunas ocasiones seguir una línea definida  de acción, aunque, por lo general, sólo de forma temporal, cuando no fugaz, pues en la mayoría de los casos, el resultante de semejante ecuación ni siquiera nos posibilita alcanzar esa línea actitudinal, más o menos definida,  debido al conflicto de deseos enfrentados que tiran cada uno por su lado. Todo ello acaba por cerrarnos el acceso a cualquier decisión cristalizada.



Si observamos la procedencia de la palabra “voluntad” veremos que deriva del verbo latino: “volo”, que significa “querer, desear” (en catalán: voler). La voluntad sería una facultad superior del ser humano a través de la cual ejerceríamos un “querer”, una “querencia” intencional hacia algo. Esto es lo que nos diferenciaría del resto del mundo animal: esta separación de lo instintivo, del reflejo automático, para decidir nuestros actos de forma intencional y “voluntaria”, y por lo tanto… libre. Curiosamente, en ruso, voluntad se dice igual que libertad.

Así pues, “voluntad” es aquello que uno quiere de forma libre e intencional. Pero el tema es que, de entrada, el hombre (como diría Gurdjieff), psicológicamente, no es uno sino que se cree uno. Es decir: psicológicamente, el hombre no es uno… sino mil y uno.



La utilización del pronombre personal Yo nos proporciona una “ilusión de unidad” “¿Quién dice esto? Yo. ¿Quién hace eso? Yo. ¿Quién quiere lo otro? Yo.” Siempre “yo”, pero en realidad no siempre es el mismo yo, pues resulta que tenemos muchos “yoes” (“los estados del Yo”, “las partes del Self” “el Ego poliédrico”… las diferentes escuelas hablan de lo mismo utilizando nombres diferentes). La cuestión es que nuestro “Yo”, por lo general, aún no está cristalizado, Nuestro “Yo” es como un puzle de mil piezas, aún sin ensamblar, todas desparramadas sobre la mesa… Y para colmo, cada una se inviste con “cierta vida propia”, con cierta “energía” que las hiciera saltar e imponerse, temporalmente, cuando son aguijoneadas por los estímulos del exterior, por las diferentes situaciones que aparecen en nuestra vida.



Ante cada situación concreta, salta a escena una de estas “piezas” o “partes de mí”… pero no se trata de mí, en forma integral. Es decir: no soy “Yo” realmente, en el sentido voluntario y libre, sino que tan sólo es un “Yo de turno”, una especie de “Arquetipo”. Arquetipos que tenemos  archivados en nuestra mente, como si fueran unos programas informáticos que se abrieran de repente (el estímulo ambiental representaría al mouse clicando sobre el icono). Al abrirse el “programa”, este nos activa, de forma automática, una forma de reaccionar. Así es como salen “El Yo Enfadado”, el “Yo Asustado”, el “Yo Triste”, el “Yo Orgulloso”, el “Yo Enteradillo”, el “Yo Qué Sabía”, el “Yo Pobre de Mí”, el “Yo Nadie me Entiende”, el “Yo a Mí qué me Importa”, el “Yo Ahora se van a Enterar” o el Yo… mil cosas más…


Cada “Yo de turno” tan sólo es un Yo parcial, un fragmento de la mente, pero que al activarse se cree el auténtico rey, y nos usurpa la “voluntad”. ¡Incluso la identidad! Pues mientras tanto, nuestro ser real permanece “dormido”.


Los yoes de turno se entremezclan continuamente, nos tiranizan y nos secuestran manteniéndonos abducidos. De esta manera, vamos arrastrando una existencia impropia, hueca, poseídos por los yoes de turno, como si de auténticos espíritus o entidades invisibles se trataran, que ocupan, utilizan y dirigen nuestros cuerpos y nuestras mentes. Una existencia que, a decir verdad, resulta ser mucho más propia de sonámbulos y de zombies que de hombres libres, dotados de conciencia y de voluntad.


Escrito por:Lauren Sangall Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Premia de Mar -Barcelona-     
 T. 93 751 63 54      e-mail: laurensangall@gmail.com 

lunes, 27 de mayo de 2013

“El Recuerdo de Sí Mismo (II)” (Taller de Mindfulness y Autoconocimiento)





      “El Recuerdo de Sí Mismo (II)”

              TALLER DE MINDFULNESS Y
       AUTO CONOCIMIENTO.


Para completar el ciclo de Talleres de Conciencia Corporal que venimos impartiendo en Can Rosich (Pineda de Mar), acabaremos la temporada con un segundo taller dedicado a la figura de Gurdjieff y las enseñanzas del “Cuarto Camino”.

  
                   

-      Además de seguir acercándonos a la vida y obra de este enigmático, legendario y poco reconocido maestro, nos introduciremos más en los conceptos básicos del TRABAJO del “Recuerdo de Sí”.

Los siguientes puntos serán los temas centrales que se tratarán en el taller:

-    El Trance colectivo.
-     Los estados de conciencia: La vida en sueños y el despertar de la Conciencia .
-    La unidad interior y el “Yo cristalizado”, frente a la dispersión mental y los múltiples “yoes”.
-     Los 7 centros del ser humano.
-     El desarrollo de la Voluntad.
-     Las Leyes esenciales del Universo.


Igualmente, se mantendrá el carácter vivencial y práctico de estos talleres, en este caso con ejercicios prácticos que representan técnicas del Cuarto Camino, emparentadas con la Atención Plena (Mindfulness) y la Conciencia Corporal.


El Trabajo sobre sí nos instiga a vivir más conscientemente nuestro día a día.

La observación de “la máquina” bilógica y el “Recuerdo de Sí” nos va despertando del automatismo y de la inercia del “Trance Colectivo”, proporcionándonos la posibilidad de llegar a ser libres.


     
Fecha del taller:   Viernes, 14 de Junio de 2013
Lugar: Can Rosich (Pineda)
Horario: de 17 a 20 h.
Imparte:  Lauren Sangall  (Psicoterapeuta)
Precio: 30 €  (incluye consumición de coktail de frutas en la tertulia de despedida).
Materiales necesarios: ropa cómoda, calcetines, zapatillas, esterilla y cojín o   almohadilla.
Contacto para reservas: Tel. 93 751 63 54   
                                     e-mail: laurensangall@gmail.com



lunes, 13 de mayo de 2013

“La Fuerza de Voluntad.” (2ª. parte) (“¿Quién maneja mi barca?)




Comentaba en la 1ª. parte  de este artículo (el post anterior), para introducir el tema de la Fuerza de Voluntad, que según Gurdjieff “el hombre no hace nada”, sino que son las propias cosas las que suceden por sí mismas,  que todo viene derivado por “las fuerzas cósmicas”.  Es por eso que cuando se me pregunta por el origen incierto de los acontecimientos, a veces yo suelo responder: “Los planetas… los planetas.”

Y todo ello porque, a nivel estándar, la Fuerza de Voluntad es casi una utopía, una lejana posibilidad, un bien difícilmente alcanzable. Y esto por la sencilla razón de que, paradójicamente, aún no tenemos desarrollada la propia fuerza de voluntad para lograrlo. Pero todavía existe otra cosa en su contra; Lo más terrible: ¡Nuestra falaz ilusión de que ya la poseemos! ¡Nuestra errónea convicción de que ya tenemos una voluntad y de que, en consecuencia, somos libres…!




¡Pero la libertad hay que ganarla! ¡Todo en la Evolución representa una conquista gradual, que hay que ir ganando paso a paso, palmo a palmo… “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Golpe a golpe, verso a verso…”

¡Hasta el alma hay que ganársela!, decía Gurdjieff. La ilusión de que ya somos libres es la peor de las cárceles que nos mantiene atrapados, encerrados… y acomodados, como en el mito de la Caverna, de Platón. Por todo ello,  para que podamos tener alguna posibilidad de acceder a una auténtica Fuerza de Voluntad, lo primero que hemos de descubrir y reconocer es que nuestra “voluntad” se encuentra dividida y manejada por incontables hilos invisibles…



A propósito del tema, recuerdo con viveza un pasaje de mi infancia que se refiere a mi primera visita a un famoso parque de Atracciones en la ciudad de Barcelona. Era a mediados de los 60 cuando inauguraron en la capital catalana el celebrado parque del Montjuich. Desde el primer día no dejé de reclamar a mis padres que me llevaran a aquel fabuloso recinto del que anunciaban mil maravillas continuamente por la radio. Así que en cuestión de algunas semanas de mi insistente demanda, conseguí que accedieran a mis deseos y allí nos plantamos en una soleada tarde de domingo.


Por aquel entonces, en los tickets de entrada no se incluían el derecho a subir a las atracciones, sino que había que ir comprando las fichas individualmente, y mi padre me advirtió que podría subirme únicamente en tres “cacharritos”. Yo elegí montarme en el Látigo, en una Montaña Rusa infantil y para la tercera y última atracción, me pasé el resto de la tarde escudriñando con extrema atención todos y cada uno de los “cacharritos” del Parque, a fin de no equivocarme en la elección. ¡Y al final lo tuve bien claro: Las barquitas!



“Cuando el canal era un río, cuando el estanque era el mar…” cantaba Serrat en su “Barquito de papel”. Tal cual sentí yo en aquella soleada tarde dominical en la montaña de Monjuich: aventurero audaz, navegando libre y feliz… manejando intrépidamente el timón de mi barca por las subyugadoras aguas del Mississippi…




Unos cuantos años más tarde, entrada ya mi pubertad, volvimos al parque para enseñárselo a unos familiares que visitaban la ciudad, dando la coincidencia de que fuimos en un día laborable en que el recinto permanecía cerrado por descanso del personal. Ya que estábamos allí, con las bolsas de picnic en ristre, nos colamos y aprovechamos para pasearnos por el recinto, completamente desierto, lo cual no dejaba de tener, también,  un cierto encanto romántico… Me acordé de “mis barquitas del Mississippi” y me fui a buscarlas (incluso me perdí de mis familiares, sin reencontrarnos hasta el cabo de tres horas, en la estación del funicular, con la ineludible bronca de rigor). ¡Pero encontré las barcas! ¡Desde luego! Pero eso sí: estaban  abandonadas y enmohecidas. Completamente en seco. Y por la profundidad de aquel foso, la verdad es aquel estanque no debería albergar en sus buenos tiempos mucho más de un par de palmos de agua…

Sin embargo, lo más desolador no fue eso. Lo más doloroso fue descubrir que las barcas, en realidad, estaban enganchadas por unas poleas a una cadena giratoria. El timón tan sólo hacía oscilar  ligera y momentáneamente el rumbo de la pequeña embarcación. ¡Mi navegación libre había sido tan solo un simple simulacro! Aunque no se viera aparentemente, por debajo del agua, las barquitas estaban encadenadas. ¡El itinerario ya estaba trazado y ninguna barca podía salirse del rumbo establecido! ¡Y yo que me creía como John Foguerty, Rolling on the river…!

Desde ese día supe claramente que las apariencias engañan y que por todos lados se extienden hilos invisibles, que hacen mover a las cosas sin que uno llegue ni siquiera a sospecharlo…


Ya sé que es un tema indigesto… Y si no, que se lo pregunten a Remedios Amaya. A la buena gitana le hicieron cantar aquello de “Quién maneja mi barca?" en el festival de Eurovisión (cuando todavía la gente seguía aquel certamen). Y a pesar de su brillante actuación se quedó con “CERO points” ¡En fin… Los planetas… los planetas!



                                         

                             
                              (Continuará en el siguiente post.)


Escrito por:Lauren Sangall Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Premia de Mar -Barcelona-     
 T. 93 751 63 54      e-mail: laurensangall@gmail.com