lunes, 2 de julio de 2012

“Habitar el cuerpo.” (1ª parte) (“Descabezarse”)





            El cuerpo es nuestra casa. La única auténtica. La íntima… La que vamos a tener (¡seguro!) durante toda nuestra vida… y, a la vez, nuestro cuerpo… somos nosotros mismos, pues no hay que olvidar que el yo es, en primer lugar, un yo corporal.

            En el post de hace 3 semanas, el que titulé: “Integración cuerpo mente”, hacía referencia a la habitual percepción de vivir nuestra corporeidad de forma disociada. Lo mental y lo corporal, en lugar de integrarse en una unidad orgánica, suele percibirse muy disociadamente. Por lo general, nos identificamos, prioritariamente, con un yo mental, que solemos ubicar en la cabeza, bajo el cual parece que cuelgue un cuerpo al que hay que dominar. Un cuerpo que no conseguimos del todo vivirlo como Yo, sino como mío. Metafóricamente, pareciera que fuéramos, más bien, jinetes cabalgando sobre caballos (o mulas tercas) en lugar de íntegros y vitales centauros.

            Recordaba, también, la clásica expresión de San Francisco de Assís: “nuestro pobre hermano asno”, para referirse al cuerpo, pues ilustra a la perfección la idea que trato de transmitir. Desde luego, podemos utilizar metáforas más modernas, por ejemplo, todo esto me hace recordar a una serie de animación japonesa: la del célebre “Mazinger-Z” ¿Recuerdan? En ella, el poderoso y legendario robot era pilotado por el joven Koji Kamuto, desde la cabina de mandos, la cual era una pequeña nave independiente (“el pilder”) que se acoplaba perfectamente en la cabeza delo coloso mecánico… Desde allí, Koji gritaba: “¡Fuego de pecho!”, “¡Puños fuera!”… y todas aquellas maniobras fantásticas…


            De manera similar, la mayoría de las personas, en especial los occidentales, hemos reducido nuestra identidad personal y corporal a la cabeza. Vivimos en la cabeza y desde la cabeza, perdiendo así la riqueza de sensibilidad que nos ofrece el resto del cuerpo para experimentar la vida. De esta forma, resulta que vamos por el mundo arrastrando un cuerpo deshabitado, despreciando, sin, darse cuenta, su inmenso potencial. 


          Un cuerpo deshabitado viene a ser como un palacio abandonado en el que acaban por colarse  toda suerte de okupas que lo acaban destrozando. Hay una parábola oriental que nos habla de una mansión, cuyo amo marcha de viaje y deja al mayordomo en su lugar. El viaje se prolonga indefinidamente y el mayordomo, al mando de la casa y de todo el personal, acaba por olvidarse que él mísmo forma parte de los sirvientes y termina por creerse que él es el legítimo señor de la casa. Sutil y aguda metáfora para  sugerirnos el énfasis distorsionado que le damos a lo mental. O dicho de otra manera: de como la mente, o los pensamientos, pretende apoderarse del cuerpo… y de la totalidad del Ser.


            La mayoría de las personas estamos centradas en la cabeza. Sin embargo, la Bioenergética considera que el vientre es el asiento de la vida. Y es verdad que también los orientales hablan de un centro vital que llaman “hara”, que viene a significar “vientre” y que sitúan a unos 5 centímetros por debajo del ombligo. Tal vez muchos no consigan relacionar la palabra “hara” más que con “harakiri”, el digno y sagrado sacrificio samurái, pero Lowen, el máximo exponente de la Psicología Bioenergética, indica explícitamente que “la pérdida de contacto con este centro vital lleva a la persona al desequilibrio y la conduce a la ansiedad y la inseguridad”.

             Por su parte, en el Zen resulta legendario el Sutra sobre la alegoría de Enyadatta, en el que se cuenta que esta mujer, acostumbrada a mirarse cada día en el espejo, descubre una mañana que no puede ver el reflejo de su cabeza. Consternada, corre de aquí para allá, reclamando por todas partes su cabeza... aunque sus amigos tratan de explicarle, en vano, que sigue manteniendo la cabeza sobre sus hombros, como de costumbre. Enyadatta sigue, no obstante, preguntando por su cabeza y tienen que estirarle violentamente de los cabellos para que sus gritos de dolor le devolvieran la conciencia de seguir manteniendo la cabeza.



            En la misma línea, Osho nos habla en su Libro naranja sobre una hermosa meditación tántrica que él denomina “la meditación de la Guillotina”.  Consiste, con sus palabras,  en que “camines e imagines que la cabeza ya no está ahí… visualízate a ti mismo sin la cabeza…”  Y es que “descabezarse” resulta ser un gran ejercicio para aprender a habitar el cuerpo.



Escrito por: Lauren Sangall Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Premia de Mar -Barcelona-
 T. 93 751 63 54      e-mail: laurensangall@gmail.com 

                                   (Continuará en el siguiente post.)

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